El Amor de Dios es Condicional

Cuando era chiquito y participaba de las actividades de la iglesia bautista en la que crecí, aprendí un corito que dice así:

“Dios es amor,

la Biblia así lo dice.

Dios es amor,

lo vuelve y lo repite.

Dios es amor…

Buscando lo hallarás;

 en el capítulo cuatro,

versículo ocho,

primera de Juan.”

De pequeño, me gustaba tratar de cantar la canción porque siempre me trababa. ¿En qué verso es que está? ¿En qué capítulo? ¡Dios mío, pero si es que no sé diferenciar entre primera, segunda y tercera de Juan! Pasábamos mucho tiempo en la Escuela Dominical y en las Escuela Bíblica de Vacaciones aprendiendo este corito. Lo cantábamos cuando íbamos de jira y cuando hacíamos los servicios de la niñez. Lo canté en privado y en público. Lo canté y lo canté hasta que me lo creí…

Creciendo en la iglesia bautista de mi barrio, comencé a creer en un Dios que se manifestaba en amor. Tal como lo decía el corito, “Dios es amor, la Biblia así lo dice.” ¡Me creí el cuento! Llegué a pensar que las personas que me enseñaron dicho corito eran sinceras; que eran personas que de verdad creían en un amor incondicional de Dios hacia mí y hacia toda persona. Pero pronto me daría cuenta que eso no era verdad. Pronto me daría cuenta de que el amor de Dios no es incondicional; por el contrario, me di cuenta en mi adolescencia que el corito que me enseñaron era una mentira.

No digo que 1 de Juan 4.8 no diga que Dios es amor. Por el contrario. Claramente lo dice allí: “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.” Lo dice clarito. Así como lo canté de pequeño. Lo que no era cierto es que la iglesia que me enseñó a cantar este corito se creyera lo que cantaba.

La verdad es que no sé cuál es la posición de la iglesia bautista en la que crecí con respecto a esto. Cuando digo, “la iglesia que me enseñó a cantar este corito”, me refiero a la Iglesia Cristiana en general. Me refiero a aquella Iglesia que dice estar fundamentada en las enseñanzas de Jesús. Me refiero a aquella Iglesia que dice ser la portadora de gracia y salvación y liberación para la gente, porque es el cuerpo de Cristo. Si es bautista, o católica, o pentecostal, o presbiteriana, o carismática, o metodista, o adventista, o lo que sea, es inconsecuente. Me refiero a la iglesia que todavía hoy enseña a la niñez a cantar con alegría este corito, pero que a la hora de la verdad sus acciones distan mucho de las acciones del predicador errante que dicen seguir.

La Iglesia Cristiana me mintió. El amor de Dios que esta iglesia predica es condicional. El amor de Dios que esta iglesia predica es un amor que hiere. Bien lejos está este “amor” del que predicaba Pablo en su carta a la iglesia en Corinto, cuando escribe: “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará.” (1 Corintios 13.4-8) Ahora, ese “amor” que se supone era el de Cristo hacia la humanidad y que es el que se supone que la humanidad demuestre entre sí, se ha relegado “a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe.” (1 Corintios 13.1b) Ya ese amor de Dios, del que tanto Juan y Pablo hablaron, solo se usa en recitales para bodas “correctas”, o sea, entre un hombre y una mujer. Así que ya ese amor no tiene sentido, ni tiene sonido.

La Iglesia me mintió. Me decía que Dios es amor pero según fui creciendo me di cuenta de que ese amor era condicional. Cuando yo abrí mis ojos al amor y encontré ese amor en otro hombre, la Iglesia me dijo que ya “el amor de Dios” no era para mí. A pesar de que me enseñaron a cantarlo; a pesar de que me enseñaron a buscarlo; a pesar de que me enseñaron a creerlo, ya ese amor no era para mí.

¡Hasta se inventaron un versículo para describir el amor condicional que Dios tiene para quienes somos como yo! “Dios ama al pecador, pero no al pecado” me comenzaron a decir. Yo buscaba y buscaba desesperado en dónde estaba este versículo tan recitado, pero nunca lo encontré. Por el contrario, después de mucho estudio y lectura de la Biblia (soy teólogo y pastor de profesión) me di cuenta que éste era un versículo inventado. ¡Otra vez me mintió la Iglesia!

Tanto me mintió la Iglesia que me dejó sin madre, sin padre y sin hermana. Cuando lo Iglesia decía que somos “la familia de Dios”, no decía que esta familia también era condicional. Nunca me dijo la Iglesia que para pertenecer a esta familia tenía que deshacerme de la persona que Dios me hizo y convertirme en un títere sin alma y sin entrañas; que me tenía que despojar de quien Dios me hizo para convertirme en una marioneta de la institución que puso condiciones al amor de Dios.

Pero he aquí la paradoja: mientras la Iglesia me siga mintiendo yo me seguiré proponiendo desmentirla. Después de haber dejado de un lado la Iglesia y sus mentiras, volví. No solo que volví, sino que me hice más creyente. Creyente de la realidad inescrutable a la que en mi fe llamamos “Dios”. ¡Me hice hasta más bautista! El amor y la pasión que sentí y que sigo sintiendo por todo lo que tiene que ver con la naturaleza de la Divinidad y con la forma en que la Divinidad se manifiesta, me llevó a estudiar teología. Además de esto, me llevó a optar por el ministerio parroquial como mi profesión. Hoy día sigo siendo una persona de fe; una fe transformada a fuerza de fuego, como dice el Apóstol en 1 de Pedro 1.2-9.

La fe que profeso hoy día es una que sigue la inocencia de la fe en el amor de Dios como lo cantaba de niño. A la misma vez, es una fe madura. Es una fe que no es ciega, sino que busca y escudriña las Escrituras porque ellas no son letra muerta e ídolo santo como el fundamentalismo que se ha apoderado de mi tradición religiosa lo quiere presentar. Por el contrario, las Escrituras que leo siguen siendo una “lámpara a mis pies y lumbrera a mi camino.” (Salmo 140.105) Las Escrituras que leo no son un ídolo ante el que me arrodillo y adora, como hacen los fundamentalistas que se han robado mi tradición religiosa. Las Escrituras que leo tienen historia y contexto. Las Escrituras que leo es “viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.” (Hebreos 4.12) ¡Estas no son palabras muertas para regir las vidas! Contrario a lo que los fundamentalistas que se han querido robar a tradición religiosa, las palabras que encuentro en las Escrituras tienen sentido cuando las veo en su justo contexto. Y esas palabras no son el final; sino el comienzo.

De hecho, después de mucho dolor por haber perdido mi familia, fueron las palabras que aprendí en la Escuela Dominical las que vinieron a mi mente: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá.” (Salmo 27.10) Mi padre, mi madre y mi hermana me dejaron, porque su amor es condicional, como el que predica la Iglesia Cristiana a la que asisten. Pero el amor de Dios, no el que predica la Iglesia, sino el que viene de la Divinidad en todo su esplendor y en todas sus manifestaciones, me recoge, me da la bienvenida, me abraza y me renueva.

También me he acordado de otras lecturas bíblicas. Por ejemplo, la única vez en que Jesús se manifiesta en los evangelios acerca de cuál es su definición de “familia”. El evangelista Lucas (8.19-21) nos cuenta esta corta historia que, una vez más, es la única declaración que hace Jesús sobre lo que él considera “familia”: “Entonces su madre y sus hermanos vinieron a él; pero no podían llegar hasta él por causa de la multitud. Y se le avisó, diciendo: Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte. Él entonces respondiendo, les dijo: ‘Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen.’” ¡Una familia se hace! Una familia es aquella que hacen real a Dios en su medio. Una familia, según Jesús, es la que tú escoges.

Esa familia la he ido haciendo a través de los años y las décadas. Ya no tiene padre, madre y hermana; pero tiene una abuela que siempre me ha querido. Tiene tías que me hacen reír y que siempre me abrazan. Tiene primas que me aman y me lo repiten una y otra vez. Tiene primos que, siendo hombres jóvenes heterosexuales en un ambiente machista, se atreven a alzar la voz por los derechos de las personas gay, lesbianas, bisexuales y transexuales. Tiene amistades, de todas las edades, todos los sexos, todas las orientaciones, todas las religiones y de ninguna religión, hasta de diferentes partes del mundo, que siempre han estado allí para mí. Esa familia tiene un compañero al que amo, que me ha dado su amor, su compromiso y su fidelidad y con quien próximamente me casaré legalmente. Quizás algún día mi madre, mi padre y mi hermana decidan regresar a mi familia y dejar atrás el amor condicional de su Iglesia Cristiana para acceder al amor incondicional del Espíritu de Dios del cual nos enseña las Escrituras. Cuando eso pase, estaré aquí con el resto de mi familia para recibirles.

Por ahora, sigo denunciando la mentira de la Iglesia. Al mismo tiempo, sigo proclamando la verdad que he encontrado en las Escrituras… Esta vez, como cuando era niño, canto, canto, canto… Este es mi canto de hoy:

¡El amor de Dios es maravilloso!

            ¡El amor de Dios es maravilloso!

            ¡El amor de Dios es maravilloso!

            ¡Cuán grande es el amor de Dios!

            Tan alto que no puedo ir arriba de él…

            Tan bajo que no puedo ir debajo de él…

            Tan ancho que no puedo ir afuera de él…

            ¡Cuán grande es el amor de Dios! 

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