El Peligro de la Educación

(NOTA: Este es un artículo extenso, como respuesta a los discursos públicos en Puerto Rico con respecto a las leyes propuestas que protegerían a las comunidades LGBT de la Isla. Por favor, tomen el tiempo para leerlo, no lo lean a prisa. Es un ensayo socio-teológico, no solamente un artículo de opinión.)

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Cuando entré en la adolescencia comencé a sentir un dolor horrible en mi rodilla derecha. La verdad es que no había razón para ello. Nunca he sido deportista. No me había lastimado. Sólo me dolía la rodilla. Preocupada, mi madre me llevó a la pediatra. Después da varios exámenes, la pediatra llegó con su diagnóstico. “Mayi,” le dice la pediatra a mi mamá, “lo que tu hijo tiene no es nada grave. Es solo que está creciendo. Esos dolores son normales. Es parte del proceso de crecimiento.”

Nunca me voy a olvidar de este incidente. De hecho, en más de una ocasión esta historia me ha servido para mis sermones. El proceso de crecimiento duele. Crecer implica cambios y transformaciones que en ocasiones pueden ser dolorosas. Algo así es lo que pasa con el proceso de educación.  Si se toma en serio, la educación no es algo de un solo día. La educación es – o debería ser – un proceso de aprendizaje continuo que, de una manera u otra, conlleva transformación y por ende, un poco de dolor e incomodidad. He ahí donde está el peligro de la educación…

Debo aclarar que “educación” e “instrucción”, aunque pueden utilizarse coloquialmente como sinónimos, no lo son. La instrucción es una forma de enseñanza en la cual se adiestra para un propósito en particular. Por ejemplo, podemos obtener instrucción de cómo armar un aparato electrónico. Para armar dicho aparato, no necesitamos saber el porqué, solo necesitamos el dónde van las piezas y ponerlas en su lugar. Una persona instruida sabe crear algo. La instrucción es muy importante en el campo laboral, puesto que nos ayuda a llevar a cabo nuestras tareas y producir resultados. De hecho, toda disciplina requiere de instrucción.

Pero la educación es más que instrucción. La educación es un conjunto de conocimientos que nos permiten interactuar en la sociedad. La educación no solamente instruye a un individuo a llevar a cabo una tarea sino que nos ayuda a entender el contexto en el cual esta tarea se lleva a cabo.

Les comparto dos ejemplos de cómo la instrucción y la educación van de la mano pero son diferentes.

Digamos que una ingeniera civil quiere hacer un puente que cruce de un lado del río al otro. La ingeniera tiene la capacidad de diseñar el puente. También puede ella determinar los materiales a utilizarse, los procedimientos necesarios y las dimensiones del proyecto. Su instrucción le permite hacer todo esto. Pero digamos que esta ingeniera no tuvo educación, solo tuvo instrucción. ¿Para qué es bueno ese puente? ¿Sólo para pasar de un lado al otro? ¿Cuál es la razón por la cual se quieran conectar un lado del río al otro? ¿Qué beneficios traerá este puente?

En su educación – probablemente universitaria – esta ingeniera fue expuesta a una educación comprensiva. Durante sus años de estudio, ella tomó cursos no solamente de diseño y materiales, sino que tomó cursos de economía y sociología, de historia y de redacción.

Podrás preguntarte – como se preguntaban muchos/as de mis compañeros/as de estudio – el porqué es importante tener todos esos “cursos irrelevantes” en el currículo universitario. Pues vayamos de regreso a las preguntas que cito arriba. ¿Por qué hacer el puente? Puede ser que hayan razones económicas: un lado del río tiene las fábricas mientras el otro tiene las tiendas que venden los productos. Esto es economía, no ingeniería ni química. ¿Dónde hacer el puente? Pues en el lugar más accesible para la población (demografía), pero suficientemente apartado como para no disturbar las sociedades expuestas al mismo (sociología) ni el medio ambiente (ecología). ¿Por qué hacerlo hoy y no esperar unos años? Porque el movimiento de personas al área lo requiere (historia). ¿Habrá dinero para construirlo? Pues una buena presentación a las compañías inversionistas (redacción) podría convencerles de que es necesario (retórica).

En fin, que la educación comprensiva a la que la ingeniera se haya expuesto le dará las herramientas para llevar a cabo su labor.

Ahora, permítanme compartir otro ejemplo más personal.

Mi profesión es el ministerio. O, en español sencillo, soy pastor de iglesia. Contrario a lo que muchas personas piensan, el pastor o la pastora no es – o no debería ser, como muchas personas que hay por ahí – un títere de Dios. Si bien es cierto que para quienes practicamos el ministerio “el llamado” es importante – o sea, nuestro sentido de que la Divinidad nos ha extendido una invitación al ministerio – también es cierto que es necesario obtener una educación comprensiva para ser un ministro o una ministra efectiva.

O sea, podemos tener una buena instrucción de cómo predicar. Pero eso es solo uno de muchos aspectos del ministerio. Un pastor o una pastora educada, también entenderá la historia de la fe (historia y humanidades), el contexto sociológico en el cual los textos sagrados fueron escritos (sociología y antropología), las características de la congregación a la que sirve (antropología, economía y demografía), etcétera. Pero también debe el ministro o la ministra tener conocimiento de la sicología y la biología – ¿está una persona con depresión porque perdió un ser querido o lo está porque tiene una condición de desequilibrio hormonal o de problemas químicos de los neurotransmisores dentro del cerebro? Además, tenemos que tener en cuenta aspectos económicos y financieros (¿cuánto se puede hacer con los recursos que contamos?) ¡Y todo esto es solo el comienzo!

Una educación comprensiva, contrario a una instrucción, lleva a tomar todo lo que tenemos alrededor en consideración. Pero además, la educación comprensiva trae consigo el “peligro” de que tengamos que cambiar de parecer de acuerdo a los datos nuevos que nos lleguen. O sea, que cuando se presentan nuevas alternativas, o se presentan nuevas realidades, debemos aceptarlos y utilizar los mismos para tomar nuevas decisiones. Hay ocasiones en que estas decisiones serán diferentes a las que en un momento pensamos que eran las únicas que debían tomarse. Esto, por supuesto, trae consigo el “peligro” de transformación, de cambio, de dejar atrás las cosas que conocemos y que nos hacen sentir cómodos para poder movernos hacia adelante.

En días recientes el debate público en Puerto Rico ha traído a la luz el peligro de la educación. Pero aun más, este debate ha demostrado que muchas personas que se autoproclaman “líderes” – ya sean políticos, comunitarios o religiosos – no tienen el deseo de exponerse a una educación. De hecho, ellos y ellas parecen estar conformes con su instrucción y han tomado la decisión de dejar de crecer como individuos y como miembros productivos de la sociedad. Prefieren, estos “líderes”, mantenerse enajenados y enajenadas de los datos y las nuevas realidades que el resto de la sociedad vive.

Lo más desafortunado es que, junto a sus posiciones erróneas, han tratado de arrastrar a una masa de personas que también han tomado la decisión de dejar de aprender. Y no digo que esta masa sea la mayoría. No lo creo. De hecho, sé – porque he sido parte de la facultad de una universidad en la Isla – que hay muchas personas que atesoran la educación y que la saben importante dentro de su necesidad de instrucción para ejercer diferentes profesiones.

Ahora, les comparto algunos datos específicos de las ridículas ocurrencias que han pasado durante los debates públicos en Puerto Rico.

Comencemos con la falta de educación de la legisladora que llamó – y sigue llamando – “orientación sexual” a la pedofilia y al bestialismo. Esta legisladora aprendió a ejercer una profesión (se instruyó), en su caso, la abogacía. Como no conozco su record con respecto a su profesión, digamos que es buena abogada. Digamos que representó a sus clientes de manera justa y profesional. Digamos que ganó varios casos y que perdió otros, como cualquier otra persona ejerciendo su profesión. Su instrucción le ayudó a ejercer la abogacía y hasta le ofreció herramientas para convencer al pueblo de que era la mejor candidata para ocupar un puesto público. Desafortunadamente, a esta legisladora no le interesa la educación. Como la educación implica transformación y por ende, un proceso de dolor al dejar atrás creencias, mitos, prejuicios y mores que han estado integrados a nuestra psiquis cultural, la legisladora ha preferido ignorar los datos, las realidades y los argumentos que se le han presentado tratando de corregir sus errores. No ha podido la legisladora reconocer su error y APRENDER, exponerse a una transformación y a un crecimiento. Así que sigue ella en su ignorancia y haciéndose la víctima.

¿Qué se puede hacer con un caso como el de esta legisladora y de otros y otras personas que pertenecen a la élite política del país? En su caso, esperar unos años para presentarla de nuevo ante las masas educadas de los y las votantes.

El segundo caso es más peligroso. Este es el caso de una señora que se autoproclamó “apóstol” y que dirige una congregación bastante grande en la Isla. Digo que este caso es más peligroso por varias razones. Primero, como pastor y teólogo, veo crasos errores teológicos en las enseñanzas de esta señora. Segundo, porque esta señora no tiene educación teológica ni entrenamiento profesional, por lo que ha estado poniendo en peligro la salud emocional y espiritual de miles de personas que han pasado por su congregación. Tercero, porque esta señora ha estado teniendo un protagonismo tremendo y controlando los medios de comunicación, dando una perspectiva errónea de quienes nos dedicamos al ministerio y de quienes hacemos teología, no sin señalar el daño que le hace al pueblo al no querer reconocer sus errores.

Cualquier persona puede ser entrenada (instruida) para predicar. Esto es fácil. Pero no toda persona tiene el deseo de aprender y educarse en el ministerio. No quiero entrar en muchos detalles porque ya este ensayo está suficientemente largo. Pero les dejo con varias observaciones teológicas que desmienten las posiciones de la señora que se autoproclama “apóstol”.

¿Puede alguien proclamarse “apóstol” hoy día? Según las Escrituras Cristianas – las mismas que esta señora demuestra que no ha leído – la respuesta es un rotundo NO.

¿Cuáles, pues, son los requisitos para ser apóstol? Pues son tres. Primero, haber estado con Jesús durante su ministerio y haber sido testigo de su resurrección (Hechos 1.12-26 y 1 Corintios 9.1) Y le cito esta parte de la Biblia Reina-Valera 1960 que esta señora dice que vino directa del cielo – “Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección.” (Hechos 1.21-22, esto ocurre cuando los Apóstoles se reunieron para escoger el sucesor de Judas Iscariote.) Segundo, un apóstol debe haber sido llamado o llamada directamente por Jesús u por el Espíritu Santo para tal trabajo (Mateo 10:1-15; Marcos 3:13-19; Lucas 6:12-16; Juan 20.1-18 [este es el llamado y la encomienda a María Magdalena, quien también fue apóstol en todo el sentido de la palabra]; Hechos 1:12-26; 9:1-19; 22:6-21; 26:12-23). Finalmente, los y las apóstoles tenían el poder de hacer milagros (Macos 3:15; 16:17-20; Lucas 9:1-2; Juan 14:12,26; 15:24-27; 16:13; Hechos 2:43; 4:29-31,33; 5:12,15-16; 6:6; 8:14-18; 19:6; 2 Timoteo 1:6; Romanos 1:11; Hebreos 2:3-4). Esta lista de versículos que hablan tan claramente de las características de un apóstol nos da la certeza de que la señora que se ha autoproclamado “apóstol” nunca ha abierto la Biblia para leerla.

Tenemos que tener en cuenta que el poder de hacer milagros es concedido a TODA persona creyente, no solamente a los y las apóstoles. Sin embargo, las tres características tienen que estar unidas para poder determinar si una persona es en realidad “apóstol” en el sentido bíblico de la palabra. Si no es así, entonces debemos hacer lo que la misma Biblia nos enseña, “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.” (1 Juan 4.11) Cuando tomo todo en consideración, la única conclusión a la que puedo llegar con respecto a esta señora es que es una falsa profetiza. Desafortunadamente, como dice la Biblia, “son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo.” (Mateo 15.14)

En fin, que tanto la legisladora como la señora autoproclamada “apóstol” han sido instruidas, pero su temor a la transformación y al crecimiento como personas le han impedido educarse. Ese es el peligro de la educación: que duele, que hace que nos sintamos incómodos, que nos toca en lo más profundo y no nos deja iguales… En fin, que si queremos crecer como personas, tenemos que exponernos a los peligros de la educación. De otra manera, solo somos “metal que resuena, o címbalo que retiñe” (1 Corintios 13.1) pero completamente huecos.

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