La conversación más difícil que he tenido

Bueno, comencemos por decir que en realidad, no ha sido la conversación más difícil de mi vida. Pero fue bastante difícil. Les cuento la historia…

He pasado muchos años haciendo activismo. En mis años de activismo, desde que estaba en la universidad hasta el día de hoy, me he reunido con presidentes de instituciones, miembros de la legislatura, miembros de la prensa, líderes religiosos tanto a niveles locales como internacionales y hace no mucho tuve la oportunidad de hasta sentarme a convencer al gobernador de mi estado de que tenía que hacer algo por las comunidades hispanas de Washington. A pesar de estas experiencias, no me sentía en lo mínimo preparado para la conversación que tuvo lugar hace unas semanas atrás.

En estos pasados meses, mi compañero y yo hemos estado planeando nuestra boda. Como esto es algo nuevo para su sobrina de seis años yo me ofrecí a explicarle a ésta todo el asunto de que su amado tío Nando (como su familia le llama) y yo nos uniríamos en matrimonio.

Pasé semanas revisando la conversación en mi mente. Traté de visualizar todos los posibles escenarios. Busqué en mi mente las mejores palabras para explicarle a Emely lo que significa el matrimonio y por qué su tío y yo tendríamos una boda. Bueno, que por semanas estuve planeando para una conversación que me parecía medio sencilla – por aquello de mis años en el activismo – y natural. Después de todo, es nuestra sobrina de seis años que mide menos de tres pies de altura y no el Gobernador Inslee que mide más de seis…  ¿Qué podría salir mal?

Pues cuando el momento llegó todo resultó más difícil de lo que pensé. Emely nos quiso enseñar el nuevo vestido verde menta que su mamá le compró. También sacó los zapatos plateados que se pondría con el vestido. Pero había un problema, Emely no sabía para qué ocasión especial era ese vestido nuevo. Sabiendo que esta era nuestra oportunidad, su mamá le dice que me pregunte a mí.

Con todas las bases cubiertas, le digo a Emely que el vestido es para una ocasión especial. Ella se interesa y pregunta qué ocasión tan especial es esa. Yo le pregunto, “Emely, cuando dos personas se quieren mucho, ¿qué hacen?” Su repuesta, después de pensarlo un poco, es, “¡Se casan!” “Así es. Pues tu tío y yo nos queremos mucho. Como nos queremos mucho, vamos a tener una boda.”

Hasta ahora, todo va como planeado. La nena me sigue la conversación. Hay un momento de explicar que existen diferentes tipos de familia. Ella reacciona como lo más normal del mundo, porque, después de todo, ella también tiene un hermanito, una mamá y un papá con quienes vive y un papá, una mamá y un segundo hermanito con quienes pasa los fines de semana. El concepto de “familia no tradicional” es… pues lo tradicional para ella. Así como lo es para millones de niños y niñas en los Estados Unidos. “Bien hecho, tío” pensé yo.

Pero de repente la conversación se tornó difícil. Comenzaron a salir las preguntas que no esperaba. Emergieron aquellas curiosidades infantiles para las que nunca me prepararon los años de activismo. Resurgieron todos los temores que pueden surgir cuando le tratas de explicar a una niña de seis años que su tío, un hombre, se va a casar con otro hombre. Y aquí fue que me encontré en la disyuntiva de si seguía la conversación o si me levantaba y salía corriendo de allí porque no tenía la más mínima idea de cómo contestarle a nuestra sobrina sobre sus preocupaciones más grandes e importantes sobre la boda de su tío conmigo.

Mi mente quedó en blanco. Mi corazón palpitó más rápido. Mis manos me sudaban y las palabras no me llegaban a la boca. ¿Cómo contestarle a Emely estas preguntas tan profundas e importantes que nunca pensé que fueran las prioridades de una niña de seis años?

Resulta que, en medio de nuestra conversación, a Emely no le pareció nada extraño que dos hombres se fueran a casar. Pero cuando le expliqué que su tío y yo tendríamos una boda y que sería en una iglesia, con una sacerdote mujer y que tendríamos una fiesta con pastel/bizcocho (mi compañero es mexicano, así que hay que explicar las cosas en español MexiRiqueño), Emely puso sobre la mesa sus preocupaciones más grandes… “¿Habrá ice-cream?”

Totalmente desconcertado. Así me dejó su pregunta. ¿Habrá helado/nieve en la boda? Le di la única respuesta que tenía. Con una voz trémula porque no sabía cómo contestar tan profunda pregunta, le dije, “No. No habrá helado en la boda.”

De toda la conversación, de todo lo que le podríamos explicar sobre que dos personas del mismo sexo se vayan a casar, de todo lo que había ensayado en mi mente, nada me preparó para contestar esta pregunta. Pero las cosas no se quedaron allí. Todavía quedaba una pregunta aún más importante… “Tío, ¿y va a haber una piñata?”

Me quedé tieso. Ninguno de los tres adultos en la sala supo qué decir. Lo único que se nos ocurrió fue decirle que, por tradición, no hay piñatas en las bodas. Que las piñatas son para los cumpleaños y para otras fiestas, pero no para bodas

Emely no estuvo satisfecha. “¿Por qué no va a haber piñata en la fiesta cuando tío Nando y tú se casen? ¡Es una fiesta! ¡Yo quiere ice-cream y una piñata en su boda!”

Mientras yo todavía turbado por una conversación tan difícil, la niña no se detuvo en su afán de entender el extraño mundo de la gente adulta, donde las fiestas se celebran sin helado/nieve y sin piñata. “¿Cuándo es la boda?”, preguntó ella. “Pues al fin de mes.” “¡Pero yo quiero que tengan la boda ya y que haya ice-cream y piñata!

¡Qué trabajo tan difícil! Explicarle a una niña lo que es el amor y lo que es la igualdad matrimonial resultó mucho más difícil de lo que preveía. Quizás por esto es que aquellas personas que se oponen a la igualdad matrimonial no quieren que tengamos derechos. Es muy difícil explicarle a un niño o a una niña que en la fiesta de bodas de sus dos tíos hombres o sus dos tías mujeres, no habrá piñata ni helado. Quizás lo que temen los fundamentalistas religiosos es que no tienen la capacidad intelectual para explicarle a la niñez que cuando los adultos hacen fiestas, el helado y las piñatas no son prioridad.

No sé, quizás las personas que se oponen a la igualdad matrimonial por razones religiosas no tienen las palabras para explicar el extraño mundo de los adultos a la niñez. Les entiendo. La niñez entiende el concepto de amor muy fácil. Pero es extremadamente difícil explicarle las fiestas de adultos a la niñez. Son fiestas donde no hay helado ni piñatas. ¿De qué vale una fiesta de este tipo? ¿Qué más da si las dos personas que se paran frente al ministro o la ministra son dos hombres, dos mujeres, o un hombre y una mujer, si cuando ese amor se celebre no va a haber helado ni piñata?

Ya mi compañero y yo hemos hablado. Vamos a tener helado en la boda. Todavía no estamos convencidos de que haya piñata. Pero, ¿quién sabe? La sacerdote mujer que nos va a casar ya parece estar convencida de que es necesario que haya piñata en la boda para que la niña sea aún más feliz. Yo espero que ella la traiga en una de sus maletas cuando venga…

Emely tiene dos tíos que la adoran, que la respetan, que le ayudan con sus asignaciones de la escuela y que toman el tiempo para jugar con ella y enseñarle muchas cosas. Eso ella lo sabe. Ya la veo dando vueltas en la iglesia, con su vestido verde menta, comiendo helado/nieve y dispuesta a romper la piñata que marcará el día que sus tíos se juraron amor para siempre.

Advertisements

Leave a comment

Filed under amor, boda, Dios, Español, familia, Gay, iglesia, Latino, LGBTQ, matrimonio, niña, niñez, niño

Comments are closed.