Cheo y Gabo se encuentran

… y de repente se acercó, caminando lentamente las escaleras hacia la eternidad. Fue en ese momento cuando escuchó desde lejos la voz aguda diciéndole, “¡Familia! Pero, ¿y desde cuándo anda usted por acá?” El viejo alzó la mirada entre las nubes y pudo ver el hombre negro unos escalones más arriba. Su sonrisa era inconfundible. Definitivamente era él. El viejo le dice al hombre, “Amigo, acabo de cruzar las puertas de entrada. No sabía que te me habías adelantado. ¡Qué bueno verte por acá!”

Ambos comenzaron a platicar como amigos de siempre, a pesar de que en realidad no se habían conocido en persona nunca. Pero algo más fuerte que el haberse conocido los unía. El arte. El arte los unía en la vida y en la eternidad. El uno le dice al otro, “Amigo, cuántas veces llenaste de alegría las noches de mi casa. Allá cuando mi esposa y yo escuchábamos en solitario tus baladas. La salsa no era para nosotros. Pero esas baladas. Esa pasión. Esa dulzura de tu voz y el sentimiento con el cual cantabas.”

El otro se sonrío. Con esa sonrisa que siempre le caracterizó. Y le dice al viejo, “Pues fueron muchas las noches que disfruté de tus letras. Precisamente en Macondo. Allí donde tú creaste y yo viví. Tus sueños fueron mi realidad. Tus letras eran las vidas mías. Cien años pasé en la soledad de tus letras. Algunas hasta me inspiraron las canciones. Gracias, hermano. Gracias.”

Y entonces se confundieron en un abrazo. Lloraron por haber dejado a la gente que amaron atrás. Lloraron por sus pueblos, que son un pueblo. Lloraron por Puerto Rico y por Colombia, por México y por Cuba. Su amada Cuba. La isla esmeralda que ambos compartieron y que tanto amaron. Lloraron por las letras y por la música. Lloraron por el pasado de sus pueblos y por el presente que aun viven. Lloraron por las maravillas que dejaron atrás y por las hermosuras que todavía hubiesen disfrutado. Pero después de llorar y de abrazarse, comenzaron la larga jornada hacia la eternidad. Se contaron historias y se cantaron canciones. Se imaginaron que los pueblos que dejaron atrás seguirían escribiendo; escribiendo canciones de amor y de regocijo, escribiendo cuentos y leyendas. Se imaginaron que los pueblos que dejaron atrás seguirían amando y cantando, porque en la vida hay amores que nunca, ni en cien años de soledad, se pueden olvidar. 

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