Recuerdos del Día de Reyes Magos

Me parece que en la adultez, todas las historias que contamos comienzan con las mismas palabras: “recuerdo cuando era pequeño…” Quizás es porque las memorias son lo único que nos quedan de días pasados; días que, si no mejores – porque ningún tiempo pasado fue mejor, sino que es mejor solo el recuerdo – por lo menos fueron suficientemente gratos para guardar en algún rincón de nuestras mentes.

Esta historia también comienza como las demás. Recuerdo cuando era pequeño la gran emoción que el Día de los Reyes Magos traía consigo. Recuerdo la noche anterior, cuando en aquella casita con los bloques de cemento expuestos, la que nunca se terminó de construir y quedaba en medio de los cafetales del barrio Guayabo Dulce de Adjuntas, mi hermana y yo salíamos a recoger la yerba pa’ los camellos. Recuerdo cuando pasábamos bastante tiempo buscando esa yerba, porque tenía que ser la mejor. Después de todo, los Reyes y sus camellos venían del Lejano Oriente. Me enteré, en alguna conversación con mi mamá, que “Lejano Oriente” era Arabia. Recuerdo también que no tenía idea de qué significaban esas cosas, pero el mismo nombre del lugar del cual venían los Reyes decía que era lejano, así que entendía que tanto camellos como reyes habrían de estar hambrientos cuando llegaran a tan remoto lugar de la Isla. Lo que no recuerdo es el por qué solo poníamos yerba pa’ los camellos pero nunca le dejamos nada a los reyes. “Son magos” imagino que diría mi mamá. Con magia no se necesita comer, me imagino.

Recuerdo que llegando noviembre ya buscábamos la mejor caja de zapatos para poner la yerba de los camellos. Recuerdo que siempre tenía que ser una caja de zapatos aunque no recuerdo el por qué. Como sabemos, los recuerdos son selectivos. Recordamos aquello que nos interesa recordar. Aun así, recordamos aquello que nos interesa de la manera que nos interesa.

Recuerdo que la noche anterior al Día de Reyes, dejábamos las cajitas de zapatos debajo de la cama que alguna vez fue cuna, pero ya no tenía las barras de los lados que me mantuvieron seguro cuando todavía la cama funcionaba como cuna. Teníamos la ilusión de que los Reyes trajeran algo; que dejaran sus preciados regalos debajo de la cama y que nos sorprendieran con aquello que habíamos pedido. Recuerdo que mis listas siempre incluían lo siguiente: libros, pintura, una enciclopedia, un microscopio, una colección de rocas, algún cuadro de un pintor puertorriqueño famoso (en aquellos tiempos todavía no era feminista y solo pedía cosas hechas por hombres. Fue hasta mucho después que descubrí que las mujeres también pintaban, también escribían, también volaban a la luna…)

Recuerdo también que el Día de Reyes me despertaba emocionado y al mirar debajo de la cama, siempre había algo. Recuerdo que nunca lo que hubo debajo de la cama era lo que pedía; nunca encontré un libro, un cuadro o un microscopio. Recuerdo que la ilusión no se detenía y a pesar de que lo que llegaba no era lo que pedía, me sentía especial porque los Reyes Magos no se olvidaron de mí y de mi hermana. ¡Siempre llegaba algo! Recuerdo que la mayoría de las veces, lo que nos llegaban eran simples regalos que habíamos visto en alguna vitrina de las tiendas de Yauco cuando visitábamos a madrina Carmita y a titi Betsy. ¿Cómo sabían los reyes comparar en esas tiendas? ¿Cómo nadie nunca los veía recorrer el Paseo del Café en el centro del pueblo? Nunca se me ocurrió preguntar; o quizás pregunté pero no recuerdo.

Recuerdo también que el Día de Reyes, luego de abrir nuestros regalos y de compartir la emoción, nos montábamos en cualquiera que fuera el carro que mi papá tenía esa semana y nos dirigíamos al barrio Guayo, a casa de mi abuelo Quino y mi abuela Margot. Allí, junto a mis primas y primos, esperábamos por la cabalgata de Reyes Magos que siempre pasaba por la casa. Era parte de su ruta hacia el parque en Castañer, donde el Hospital General recibiría a todo el niñerío de Castañer para repartir regalos y dulces y para que disfrutáramos de este día mágico. Recuerdo que cuando los Reyes cabalgaban frente a casa de abuela y abuelo, nos tiraban dulces desde sus caballos. ¡Qué emoción sentíamos! ¡Qué maravilla el ver los Reyes, los Tres Santos Reyes Melchor, Gaspar y Baltazar, pasar justo frente a casa de abuelo y abuela! La cabalgata seguía por la carretera paralela al río Guayo, la misma carretera que pasaba por el Hospital Viejo y que llegaba al puente Cifontes y cruzaba de Adjuntas a tierras de Lares. Recuerdo cómo en ocasiones seguíamos la cabalgata hasta el parque de béisbol en Castañer. En ese tiempo no había plaza pública en el poblado, solo unos inmensos árboles de maga entre la escuela elemental y las tiendas del otro lado.

Recuerdo cómo nos arremolinábamos para recoger nuestros regalos de Reyes Magos del camión que el Hospital rentaba para traerlos. No había una niña o un niño en Castañer que se quedara sin regalo. En un poblado tan pequeño, todo el mundo se conoce y Mingo Monroig, el administrador del hospital, conocía cada familia, cada niña, cada niño y adolescente de Castañer. Recuerdo que después que los regalos se repartían, empezaba la música y el jolgorio, porque las Navidades no han terminado todavía el 6 de enero. ¡Qué va! Las Navidades están en todo su esplendor todavía y después del Día de Reyes vienen las Octavitas y continúan las parrandas. Recuerdo cómo seguíamos jugando con nuestros juguetes por varios días. Recuerdo que la escuela no comenzaba sino hasta mediados de enero porque había que darle espacio al estudiantado a jugar con sus regalos de Reyes Magos.

Ahora, también recuerdo cuando todo comenzó a cambiar… Pero esos son recuerdos que prefiero no tener hoy. Hoy, seguiré recordando el Día de Reyes Magos con la ilusión del niño que fui y que todavía se emociona cada vez que viene el 6 de enero. Seguiré recordando los regalos y la yerba y los primos y la familia y la cabalgata y el parque lleno de bache donde celebrábamos. Seguiré recordando a Guayabo Dulce y a Guayo y a Castañer. Seguiré recordando los cafetales y el rio Guayo y el puente Cifontes y la casita sin terminar y la cuna convertida en cama. Seguiré recordando que el Día de Reyes es mi día favorito del año y el que más me gusta de las Navidades. Seguiré recordando que, aunque esté lejos y ya no tengo ni tiempo de celebrar este día, el Día de Reyes Magos me hace el boricua que soy.

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