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La mata de guineo que resistió

Hace casi un mes el huracán María destrozó mi país. Por una semana estuve sin ningún tipo de comunicación con mi familia. Hasta el momento, la comunicación es esporádica, puesto que la infrastructura está dañada y mi familia vive en la zona rural de las montañas, donde la ayuda llega tarde – si es que llega algún día.

Hace unos días, le pedí a mi hermana que me enviara fotos para ver cómo quedó todo después del huracán. Cuando vi las fotos, hubo una que atrajo mi atención. En medio de una finca con casi todos los árboles y plantas en el piso, se mantiene de pie una mata de guineo, todavía cargando el racimo lleno de fruta. Esta planta resistió; no hubo fuerza de viento que pudiera doblar a esta mata de guineo. IMG_3712

Desde que pasó el huracán, mi gente puertorriqueña ha proclamado que #PuertoRicoSeLevanta. La capacidad de recuperación de mi gente es maravillosa. Con esto no quiero decir que no se sufra y se sienta el dolor de la pérdida. Por el contrario, se siente todo el dolor y todos lo sentimientos de haber perdido lo que se tenía y que con tanto sacrificio se había logrado. Pero al mismo tiempo, podemos ver cómo la valentía del pueblo hará que poco a poco se reconstruya el país. El pueblo sigue de pie, aunque todo a nuestro alrededor haya sido tumbado por el huracán.

Fue precisamente esto lo que pude ver en esta mata de guineo que resistió: el espíritu del pueblo tenaz, que resiste cargando su historia y su razón de ser. Esta planta representa para mí al pueblo que no tiene porqué levantarse porque es que nunca lo tumbaron.

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Después del Huracán

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Mi abuela Margot y mi abuelo Quino vivían justo frente al Río Guayo. El puente que une a la municipalidad de Adjuntas con la municipalidad de Lares está justo frente al que fuera su hogar. Era en este río en el que nos bañábamos en el verano. Cuando pasaba el huracán, era en este río donde nos hacíamos más familia y más comunidad.

Dice el dicho que después de la tormenta, viene la calma. Esto es quizás así; pero después de la tormenta también vienen los desafíos de cómo vivir sin las necesidades básicas a las que nos hemos acostumbrado. Después de la tormenta también vienen los días sin luz, sin agua, con comida limitada… vienen los días largos sin saber cuánto tiempo será antes de que la vida vuelva a la normalidad. Después de la tormenta viene el resuelve, como le llamamos en mi pueblo.

No es secreto que cada vez que hace un viento fuerte, la frágil infraestructura de Puerto Rico sufre. En mi barrio, digo yo que cada vez que alguien destornuda duro, la luz se va. El agua potable también es un reto. Esa viene cada dos días; a veces un poco menos seguida. Prácticamente casa cuenta con sus tanques de agua para recolectarla cuando está disponible y así mantener el suministro cuando se vuelva a ir. Cuando chiquito, teníamos acceso a una quebrada de la cual sacábamos agua para tomar. El agua para uso diario la traíamos también de allí, pero por tubos y con bomba que mi papá instaló. Había conexión al sistema de la AAA , pero no dependíamos de ella para abastecernos de agua.

Recuerdo que después de los huracanes, cuando tanto la luz como el agua se iban por semanas, trasladábamos algunas de nuestras rutinas diarias al Río Guayo. Allí, debajo del puente que une a Adjuntas con Lares, un grupo de mujeres – la mayoría de mi familia – sacaba barras de jabones, paletas, cestos y tablas para lavar ropa. Sentadas en piedras o en banquitos que sus maridos le hacían, las mujeres comenzaban a lavar las ropas de sus familias. Con cada estrujada de ropa, con cada movimiento de limpieza, comenzaban los chistes, las carcajadas, las noticias del día y los chismes de barrio. Con cada pieza lavada, se enteraba uno de los planes para las comidas comunitarias de más tarde, de las posibilidades de que la luz y el agua llegaran más tarde de lo esperado, o de dónde ya estaban vendiendo pan caliente…

La niñez recorría el puente y nos tirábamos al río. Las madres nos gritaban que nos quedáramos quietos porque algo nos podía pasar. Algún niño o alguna niña, siempre, nos arruinaba el día cayéndose entre las piedras y abriéndose alguna herida. En ese momento se paraban todas las actividades para darle consuelo primero y un buen regaño después – o quizás era al revés, no recuerdo – al niño o la niña lastimada.

Los maridos, mientras las mujeres limpiaban las ropas, se iban a seguir limpiando los caminos. Vivir en el campo significa dos cosas: siempre hay mucho árbol en la carretera cuando pasa una tormenta, y los caminos no han sido construidos de la mejor manera así que siempre estarán en necesidad de reparación. Recuerdo que mi papá se llevaba la guagua pick-up, su machete, su sierra y cualquier otra herramienta que fuera útil, coordinaba con otros y se iban por caminos que sabían que los gobiernos municipales y estatales no les darían atención. Así era como comenzaban a ayudar a que los vecinos se conectaran. Después del huracán, la comunidad se juntaba para levantarse.

En algún momento del día, cuando ya las ropas estaban limpias, se reunían las mujeres para cocinar. Las ollas eran de tamaño enorme, como para alimentar a un ejército. Se cocinaba lo que hubiese: arroz, habichuelas, gandules, bruquenas del río, chopas del lago, pollos, puerco, guineos, ñames, yahutía, malanga, chayotes, plátanos, huevos… En fin, lo que hubiese por allí se hacía de comida para todos y todas. Después de la comida salían las sillas y las mesas, el juego de dominó estaba listo. Esta era la parte favorita de mi abuela paterna: el juego de dominó. No había en todo Castañer una persona más fanática del dominó que mi abuela Margot. Sus hijos e hijas le temían en la mesa. Ninguna o ninguno la querían tener como pareja de juego, porque si perdías la mano de dominó, ella te desheredaba. ¡Doña Margot no jugaba con su dominó! Abuela gritaba, se emocionaba, se vivía el juego desde el comienzo. Verla jugar dominó con una estrategia nítida, desarrollada por años de devoción a su juego favorito, era toda una experiencia.

Para mí, de niño, el tiempo después del huracán era más como una película de acción y de aventura. Era el tiempo en que la familia y la comunidad se unían. Era el tiempo de jugar debajo del puente del Río Guayo y comer en familia. Era el tiempo de ver las estrellas en el cielo al final del día, cuando se abría el firmamento y se iluminaba el cielo raso con un millón de estrellitas que nos recordaban tanto la fuerza de la naturaleza como el tesón de un pueblo que se levanta su dolor para alcanzarlas.

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While Waiting for News of My Family After Hurricane Maria

69735502People have asked me how I’ve been able to function these past few days. It has not been easy. My parents, sister, and I had been estranged for years. When I was diagnosed with cancer, they reached out. My husband and I visited with them for the first time on December 25th for their Christmas party. We’ve been in communication ever since.

As the hurricane approached, we stayed in communication through text. Then I called a few days before to check up on them. My mom was calmed and not too worried. Cellphone signal had came back just the day before I called. They still had no power in the neighborhood, but the water was back. They were prepared; they had water, food, fuel, and an electric plant. My sister – who works for the Department of the Family of the Commonwealth – had visited a shelter and checked up on her clients. They were ready to face the hurricane. The last I heard from my mom was a reply to my text saying: “yes, I am calmed.”

Those are the last few words I have from my family. I have not heard from them yet.

I have read news reports that tell me my neighborhood is fine and that there are no registered deaths in my hometown as of today. I read about the efforts to clear the roads and make sure that people have access to larger towns to get supplies. But there are no ways to get in touch with the outside world. How does the word go out about what’s happening? People from the metro area in San Juan who have family in Adjuntas go down to check up on them and then share what they had seen and heard on social media as the limited access to cellphone coverage allows them to.

But now going back to the question: How have I been able to function?

I have compartmentalized my self. Having to communicate in English helps. It is not my language. It is not my soul. It is not what connects me emotionally to the world. I focused on the tasks. I focused on the routine (of not having a routine), and pay attention only to the work in front of me. I have the news in the background and read the texts and news that I get constantly. But those are in español, those do not belong to the workplace. Those belong to mí.

I have compartmentalized my life in the past few days. Sure, I have shared news with coworkers and friends who ask. I have even shed a tear or two while doing so. I have tried to perform what is asked of me by the US society: calmness, be collected, show little emotion when talking about such things, etc. Like always, I have learned how to perform according to the social rules of the social mores of the society I live in. I have completely disconnected myself from all, creating walls that separate the mí from the me.

When I am home, or when I am speaking with a close friend, or when I am alone in my office and listening to the news, I cry. I let it all go and finally feel mí.

I know that my family is fine. Something within me tells me so. I also know that it will be probably weeks before I hear from them. I, too, am from those areas in the world where nobody cares about you; where the government has nothing to gain but votes every so often, where “charities” have no good faces or locations for photo-ops. I am from the place where the only thing that helps us is ourselves: the community who stands up, puts on their boots, picks up their machetes, brave the remainder rain and winds, and goes out to join one by one as they clear paths and help restore their comunidad. That resiliency is what helps me function. I am a jíbaro, and jíbaros don’t give up.

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