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Learning to Live With Cancer*

I am standing in front of my kitchen sink. It is early in the morning and I have already cooked breakfast and am ready to clean some dishes before leaving the house. The dirty dishes are piled up, ready to be cleaned and put away. But there’s one word that keeps coming back to me. It’s been a few weeks already, but the word doesn’t leave my mind. It comes back and I slowly repeat it. Sarcoma. Sarcoma. Sarcoma…sarcoma-cancer-awareness-ribbon

It is frightening to think that your life is about to end. Up until now, I knew that I would not live forever. In fact, I’ve had a few close encounters with death already. The first one was just as I was being born. The amniotic fluid invaded my lungs and I had to be resuscitated. My mom didn’t get to hold me in her arms until a few days after my birth. There was another time in elementary school when a car almost hit me. I remember clearly that one experience. I was enjoying a lollipop when I heard my mom’s screams, and I found myself almost touching the red car’s hood. I don’t recall how I got there, but the feeling of having been closed to death is not something that goes away easy. Many years ago, I still remember laying in a hospital bed with an infection and being unable to breath. The last image I remember is that of the doctors screaming something like “he’s back, he’s back!” They had resuscitated me once more. But this time, for whatever reason, it felt different.

Just a few weeks before standing in front of the sink and uttering the word “sarcoma”, I had received the call from the doctor. The biopsy I had a week and a half prior to the call had revealed that I had soft tissue sarcoma. It was impossible for the biopsy to determine how spread the cancer was, or in what stage, or whether the tumors were only located on those visible marks I had gone to the doctor for. All the doctor could tell me was: the biopsy revealed sarcoma and more tests were needed in order to find out other answers. The oncologist’s office will give me a call to set up the next appointment.

The days I spent waiting for the oncologist’s call felt like years. I thought this waiting was going to be the worst. But it wasn’t. After that one call and the setting up of the appointment, came the other period of waiting. Now I had to wait for the actual date of the appointment. Until then, nothing was clear; nothing was finalized. I just had a date for the appointment and a wealth of information – both good and bad – through the magic of the internet. Of course, this is not something that I recommend to anyone! That was, perhaps, the worst of the decisions I made. It brought even more stress to my already stressful waiting period.

Sarcoma. Sarcoma. Sarcoma… Every day since the diagnosis, I repeat those words. Sometimes it is in front of the kitchen sink. Other times it is in front of the mirror. Other times, while I drive to work. I feel like if I keep mentioning it, it will either go away or make me more in charge of it.

It has not been easy since the diagnosis. Even after having met with the oncologist and knowing more about what lays ahead, I have a hard time wrapping my head around the reality that my body has been invaded by this illness. I continue repeating the words, hoping that the repetition will take away the diagnosis. But I also know that this is not going to happen. Right now, I just need to learn how to clean the dishes with sarcoma. I just need to learn how to put the dishes away with sarcoma. I just need to learn how to look myself at the mirror and see both what I like and the marks of sarcoma. I just need to learn how to live with cancer. But that’ll be it: I will learn how to LIVE.

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*I wrote this reflection after a few days of being diagnosed with sarcoma. Since the, I have seen the oncologist, gone over the possible treatments, confirmed that the cancer is not spread, and scheduled my first round of radiation. Not super great news, but way better than thinking that my life is over. 🙂

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Aprendiendo a vivir con los miedos

¿Que si tengo miedo? ¡Por supuesto que tengo miedo! Y mucho.

img_0336 Han sido unas semanas de espera. Primero esperando por los resultados de la biopsia. Una vez que llegaron los resultados, la espera de la cita con el especialista. Luego la espera de más exámenes y más laboratorios y más tiempo para hacer un plan de acción… En fin, que la espera misma ha sido todo un miedo aterrador.

Hace unas seis semanas recibí la noticia que vivo con cáncer. Sarcoma de los tejidos blandos, para ser preciso. El recibir la llamada del médico, justo unas horas antes de entrar a una importante reunión, no es lo que le recomiendo a nadie. Tuve que beberme las lágrimas, fingir que todo estaba bien, ofrecer mi reporte y contestar las preguntas necesarias. Tuve que hacerme el fuerte porque es lo que se supone que uno haga. Pero por dentro… ¡no! Por dentro me iba muriendo poco a poco. La noticia me llenó de terrores que no imaginé que eran posibles. “Me estoy pudriendo por dentro”, fue lo que pensé. “Todo lo que he luchado, todo lo que he hecho, todos los planes que no he podido cumplir… todo se viene abajo.” Sí, esos fueron los pensamientos que tuve.

Pero tuve que poner todo a un lado y seguir. Pa’ lante, porque no hay pa’ donde más ir.

Soy jíbaro. De Castañer. Del campo. De cafetales. Soy jíbaro y a los jíbaros no se nos da eso de aparentar flaqueza. Soy jíbaro y a los jíbaros no nos queda bien eso de sentarse a echarse a morir. El orgullo no nos permite doblar el brazo y admitir nuestras penas y penurias. Pero por dentro… O no, por dentro es otra cosa. Por dentro nos desbastamos igual que el cáncer que se va comiendo mi cuerpo de adentro hacia afuera.

Por supuesto, lo primero que pensé es que mis días estaban ya contados. ¡Y tanto sin haber cumplido! Nunca fui papá. Nunca viaje a todos los continentes. Nunca terminé de escribir mi novela. Nunca obtuve mi doctorado. Nunca escribí mi obra máxima de teología. En fin, que vi mi vida pasar frente a mis ojos en un minutos.

Es interesante que esto fuera así porque no es la primera vez que enfrento a la muerte. Pero el cáncer… oh… el cáncer es injusto y malvado. Te destroza los planes y los sueños en un minuto. Ya han sido muchas las vidas que he visto extinguirse por el maldito cáncer. Algunas hasta han pasado a la eternidad.

He visto mucha gente morir. Soy pastor y ha sido mi responsabilidad estar allí para ver lo que pasa. No solo eso. Soy humano y como tal, siempre he vivido la muerte. Primero un primo. Luego mi abuelo. Después mi mejor amigo. Todos se fueron. Todos de manera inesperada. La muerte siguió siendo parte de mi vida… una tía. Otra tía. Otro abuelo. Otro primo. Otra amiga. Y así, siguieron extinguiéndose vidas a mi alrededor hasta que me acostumbré un poco. Luego, una vez que estuve en el seminario y me preparaba para hacerme ministro, entonces encontré la muerte un poco más de cerca. Trabajando en un hospital pude tomar de la mano a algunas personas mientras se despedían de este mundo. Se iban descarnando y siguiendo sus espíritus hasta encontrarse con el Gran Poder. Sus almas pasando de esta esfera a la próxima y yo allí, junto a ellas para acompañarles. ¿Pero yo? Pues si yo he escapado la muerte tantas veces. ¿Cómo va a venir a por mí?

La muerte no me da miedo. Lo que me atemoriza es el despedirme sin haber terminado de tejer mis sueños. Eso sí me da miedo. Me da miedo quedarme en una cama hasta deshacerme en pedacitos y no poder valerme por mí mismo. Me da miedo el no volver a viajar y ver tantas maravillas y conocer tanta gente que aún no he visto ni conocido. Me da miedo el que se termine mi tiempo de explorar. Me da miedo el no haber dejado una huella en este mundo. Me da miedo el no haber amado hasta lo más profundo y con una pasión tanta que no quiera ya morir. Me da miedo el no volver a mi terruñito y escuchar una vez más el cantar del gallo y del coquí; el tener el placer de levantarme con el olor de la flor de café y el sentir el sereno de las mañanas. Me da miedo el no ver a un ruiseñor más en las flores de maga y el no poder volver a caminar en el fango y oler la yerba mojada. Eso me da miedo. Me da miedo el que nunca nadie me diga “¡papi!” con la inocencia que solo puede hacerlo un niño o una niña. Me da miedo que no tenga fuerzas ya para abrir los ojos y ver el cielo desde mis montañas lejanas.

No quiero escuchar, de nadie, que no tengo que temer. Nunca lo dije a ninguna de las personas que vi morir o a sus familias. No quiero que me lo digan a mí. ¡Sí, quiero tener miedo! Pero quiero también aprender a vivir con ellos. Los miedos no se van por si solos. No. Con los miedos se aprende a vivir.

No sé qué traerá el futuro inmediato. Mucho menos puedo saber lo que traerá el futuro lejano. Por ahora, solo sé que estoy aquí. Sé que tengo a familia y a amistades. Sé que tengo mi gente de la iglesia y mis estudiantes. Sé que tengo conocidos que han extendido la mano para ayudar, si solo por un ratito… Sé que tengo miedos con los que voy a aprender a vivir.

¿Que si tengo miedo? ¡Por supuesto que tengo miedo! Y mucho… pero soy jíbaro y voy a aprender a vivir con ellos.

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