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La mata de guineo que resistió

Hace casi un mes el huracán María destrozó mi país. Por una semana estuve sin ningún tipo de comunicación con mi familia. Hasta el momento, la comunicación es esporádica, puesto que la infrastructura está dañada y mi familia vive en la zona rural de las montañas, donde la ayuda llega tarde – si es que llega algún día.

Hace unos días, le pedí a mi hermana que me enviara fotos para ver cómo quedó todo después del huracán. Cuando vi las fotos, hubo una que atrajo mi atención. En medio de una finca con casi todos los árboles y plantas en el piso, se mantiene de pie una mata de guineo, todavía cargando el racimo lleno de fruta. Esta planta resistió; no hubo fuerza de viento que pudiera doblar a esta mata de guineo. IMG_3712

Desde que pasó el huracán, mi gente puertorriqueña ha proclamado que #PuertoRicoSeLevanta. La capacidad de recuperación de mi gente es maravillosa. Con esto no quiero decir que no se sufra y se sienta el dolor de la pérdida. Por el contrario, se siente todo el dolor y todos lo sentimientos de haber perdido lo que se tenía y que con tanto sacrificio se había logrado. Pero al mismo tiempo, podemos ver cómo la valentía del pueblo hará que poco a poco se reconstruya el país. El pueblo sigue de pie, aunque todo a nuestro alrededor haya sido tumbado por el huracán.

Fue precisamente esto lo que pude ver en esta mata de guineo que resistió: el espíritu del pueblo tenaz, que resiste cargando su historia y su razón de ser. Esta planta representa para mí al pueblo que no tiene porqué levantarse porque es que nunca lo tumbaron.

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Los callos de mis manos

Hace ya varios meses estoy yendo al gimnasio. Por razones de salud no puedo hacer ejercicios cardiovasculares (cardio) que requieran que mi corazón se acelere mucho. Así que mi entrenador sugirió que hiciera levantamiento de pesas en su lugar. Ya van varios meses levantando pesas. Siendo que no utilizo guantes, he notado cómo mis manos se comienzan a llenar de callos.

De pequeño, mi papá me llevaba a la finca para ayudarle. Tenía mis herramientas propias para trabajar: mi canastita de mimbre para el café y mi pequeño machete para enfrentarme a las yerbas que crecían impávidas por todos lados. Para quien no ha crecido en la finca, en el campo, esta vida es romantizada.

Todo escrito que he leído donde el ambiente es el campo, nos hacen pensar que esto es el idilio. Levantarse temprano, trabajar la tierra, producir nuestro propio alimento con el sudor de nuestra propia frente. Todo muy bonito y romantizado, como he escrito, pero nada de verdad.

La verdad es que esto es trabajo duro. Es fuerte. Es trabajo que, para el niño que era, no se sentía ni romántico ni satisfactorio. Aunque no creo que mi papá nunca se haya arrepentido de haber trabajado la tierra, la verdad es que él mismo nos repetía una y otra vez, la necesidad de estudiar para poder salir del campo. Tener una carrera y bc20ee0e87b18cbfe71303719e126ee4un trabajo estable. La vida en el campo y el trabajo de la finca son duros.

El tomar el pequeño machete me creaba callos en mis manos. Recuerdo que detestaba verme las manos al final del día y sentir la protuberancia que se convertiría en una ampolla de agua y que luego dejaría a su vez una marca callosa. Recuerdo el no querer ni siquiera mirar mis manos para no darme cuenta de esta horrorosa realidad que me marcaba como niño pobre, como niño del campo, como niño jíbaro…
Me ha parecido interesante que ahora, cuando ya estoy adulto y tengo más o menos la misma edad que tenía mi papá cuando me llevaba con él a la finca, mi comprensión de los callos en mis manos es diferente. Ahora, aunque no tengo callos por las mismas razones, veo mis manos y recuerdo a mi papá. Recuerdo el machetito que yo usaba para cortar las yerbas del patio y de la finca. Recuerdo los granos del café, color del rubí, cuando recolectábamos los granos en las cestas de mimbre. Recuerdo el levantarme temprano – quejándome, no queriendo ir – para llenarnos del sereno de la madrugada mientras subíamos y bajábamos cerros para encontrar los arbustos más llenos de los granos de café. Recuerdo las manos de mi papá, acariciándonos con cariño por el trabajo completado, por haberle acompañado, por hacerle sentir orgulloso. Recuerdo sus manos callosas sobre las mías, recordándome la importancia de los estudios para que no tuviese que vivir toda la vida en la finca.

Ahora, los callos de mis manos, aunque no vienen de las mismas tareas, me recuerdan a mi procedencia campesina. Soy parte de esa jaibería boricua que salió de las montañas, también llenas de callos y de cicatrices en sus tierras…

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