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Vigil For LGBTQ Orlando Victims — Vigilia por las víctimas LGBTQ de Orlando

I shared these words with the Madison community during a vigil in honor of the victims of the recent massacre in Orlando. | Compartí estas palabras con la comunidad de Madison durante una vigilia en honor a las víctimas de la reciente masacre en Orlando.


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Rainbow flag with the names of the victims of the Orlando massacre. | Arcoiris de banderas con los nombres de las víctimas de la masacre de Orlando.

Buenas tardes, y gracias por decir “presente” en esta vigilia de recordación de nuestros hermanos y hermanas en Orlando. Soy el Rvdo. J. Manny Santiago, director ejecutivo de “The Crossing” un ministerio ecuménico para estudiantes en la Universidad de Wisconsin – Madison. Estaré compartiendo con ustedes unas palabras en español y luego en inglés. | Good afternoon and thank you for being here at this vigil honoring the siblings we lost in Orlando. I am the Rev. J. Manny Santiago, Executive Director of The Crossing campus ministry at the UW-Madison. I will share some words in Spanish first and then in English.

Español

No es fácil para mí el encontrar las palabras para compartir con nuestra comunidad. Hay ocasiones en el ministerio cuando tragedias como la que hemos sufrido nos dejan así: sin palabras, con dolor, con furia y confusión. Al mismo tiempo, sabemos que necesitamos levantar nuestras voces, ya sea para animarnos los unos a los otros, para denunciar injusticias o, en ocasiones, hasta para cuestionar la bondad de Dios cuando solo que podemos ver es violencia y muerte. Todo eso es parte del proceso de duelo y nadie nos debe decir que no sintamos estas cosas. Para mí, he pasado por todas esas etapas en menos de una semana: he sentido dolor, rabia, miedo, confusión y hasta he cuestionado la bondad de Dios que sirvo.

¿Por qué? Pues porque la tragedia de Orlando me ha tocado muy de cerca. No solamente tengo familia en Orlando – algunos de los cuales asisten al Club Pulse de vez en cuando – sino que, igual que la mayoría de las víctimas, soy Latino, puertorriqueño y abiertamente gay. Sí, soy un hombre Latino, pastor y gay. Desde pequeño escuché que esas cosas no podrían vivir juntas en una sola persona. Ese discurso de odio y rechazo que escuché de pequeño en la Iglesia me llevó a cuestionar, no solo mi identidad, sino el mismo amor de Dios y mi familia. Hoy muchas personas – políticos, líderes religiosos, etc. – están tratando de borrar las identidades de las víctimas de la masacre de Orlando. No queremos reconocer que son personas LGBTQ, no queremos reconocer que en su mayoría eran Latinos, no queremos reconocer que había entre ellos personas sin documentos… Algunas personas incluso han intentado poner a nuestras comunidades Latinas o LGBTQ en contra de la comunidad Musulmana.

Para mí, como persona de fe, Latino, puertorriqueño, gay, quiero dejarle saber a todas las personas que estamos tratando de hacer sentido de la tragedia: no va a ser un proceso fácil. Necesitamos crear espacios para procesar el dolor, el miedo, e inclusive para cuestionar la bondad de Dios. Pero en ningún momento podemos dejar de luchar por la justicia, por la paz, por reformas legislativas que ayuden a las comunidades de minoría. Reconozcamos que, en especial en nuestras comunidades Latinas, es tiempo de rechazar el machismo, la homofobia, la violencia, el racismo, la islamofobia y el heterosexismo que tanto permea entre nosotros. Es tiempo de levantarnos en unidad, en honor a todas las victimas de tragedias como esta y decir: ¡BASTA!

Que el Dios que se revela de muchas formas y de muchos nombres nos llene de valor, de amor, de sabiduría y de paz para hacer el trabajo…

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English

It is not easy for me to find the words to share with you today. There are moments in ministry when tragedies like the one we have just witnessed leave us like this: without words, in pain, furious, and confused. At the same time, we know that we must lift up our voices, whether to support each other, to denounce injustices and even, on occasion, to question God’s goodness when the only thing we can see is violence and death. All this is part of the mourning process and nobody should tell us that we should not have these feelings. As for me, I have gone through all of these stages in the past week: I have been in pain, furious, scared, confused, and yes, I have questioned God’s goodness.

Why? Because the tragedy in Orlando is too close to me. I have family in Orlando – some of whom frequent Pulse Club – but also because, like the majority of the victims, I am Latino, Puerto Rican and openly queer. Yes, I am a gay, Latino pastor. Since childhood I’ve heard that these things cannot coexist. This discourse of hatred and rejection that I heard in Church brought me to question, not only my identity as a human being, but also God’s and my family’s love towards me. Today, many people – politicians and religious leaders in particular – are trying to erase the many identities that the victims embodied. Many do not want to recognize that the victims where LGBTQ, they do not want to recognize that the victims were Latino, they don’t want to recognize that among them there were people without proper documentation to work in the USA… Some have even tried to put our LGBTQ and Latino communities against the Muslim community.

As for me, as a person of faith, as a Latino, a Puerto Rican, and gay, I want to make it clear to all: trying to make sense of this tragedy will not be easy. We must build spaces to process the pain, the fear, and even to question God’s goodness. But under no circumstances must we stop working for justice, for peace, and for legislative reforms that would support minority communities. We, Latinos, must recognize that it is time to reject our machismo, our homophobia, our worshiping of death and violence, our Islamophobia, our racism, and our heterosexism. It is time to rise up, together, in honor of these victims and all the other victims of past violence, and say: ENOUGH!

May the God who is revealed in many forms grant us courage, and love, and wisdom, and peace for the work ahead of us…

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La iglesia sodomita

En tiempos recientes no se usa mucho, pero en tiempos pasados era la norma. Aunque aún queda en la jerga legal el término “sodomía”, la verdad es que a la comunidad gay masculina no se le llama “sodomita” muy de seguido. Es de esperarse que ya no se le llame al hombre gay “sodomita”, puesto que la historia de Sodoma y Gomorra nada tiene que ver con la orientación sexual. Pero vamos, que me estoy adelantando a la discusión. La verdad es que la Iglesia – y hablo de la Iglesia con mayúscula, o sea, la comunidad religiosa sin importar su denominación – denuncia la orientación sexual no heterosexual como pecaminosa, sin darse cuenta que al hacerlo, se convierte, precisamente, en una Iglesia sodomita.

No quiero aburrir a mis lectoras y lectores con largas ponencias teológicas ni con apologías. Solo quiero señalar algunas cosas que, en su ceguera conservadora y fundamentalista, muchas personas ni se han dado cuenta. Lo gracioso es que son las mismas personas que gritan a los cuatro vientos que la Biblia es la palabra inerrante de Dios, que debem701070402_origos tomarla a la letra y que es necesario el creer cada palabra allí citada como inspirada sin error por el Espíritu Santo para alcanzar la vida eterna quienes no le han puesto atención a las historias de la Biblia ni a sus interpretaciones… ¡según aparecen en la Biblia misma! Así que aquí les va un poquito de iluminación, para ver si en algún momento se les prende el bombillo y deciden estudiar la Biblia de verdad.

Pues comencemos por el principio: la historia bíblica de Sodoma y Gomorra. La misma la encontramos en el libro de Génesis 18.16-19.38. En resumen, esto es lo que ocurre: Dios visita a Abraham y le indica que ha visto la maldad de las ciudades de Sodoma y Gomorra. Lot, el sobrino de Abraham, vive en Sodoma con su esposa y dos hijas. Abraham, preocupado por el bienestar de su sobrino y su familia, decide interceder por Lot. Dios promete a Abraham que si encuentra el mínimo de personas sin pecado en Sodoma y Gomorra, no destruirá las ciudades.

Cuando Dios miró de nuevo a las ciudades de Sodoma y Gomorra, la maldad era tal, que decidió destruirlas de todas maneras. Así que envió mensajeros a Lot y su familia para que abandonaran la ciudad y se salvaran. En el momento en que los visitantes llegan a la casa de Lot, el rumor pasa a oídos de la gente de Sodoma y Gomorra – o sea, los sodomitas y gomorritas – éstos salieron para intimidar a los visitantes.

Hay varias cosas importantes en la historia de Sodoma y Gomorra que los supuestos literalistas bíblicos prefieren no leer. También hay elementos en la historia que no pueden leerse fuera del contexto de las leyes levíticas bíblicas, algo que los literalistas – quienes dicen que hay que tomar TODA la Biblia de manera literal, que hay que prestarle atención a cada letra, cada palabra, cada oración – no hacen o no quieren hacer. Así que quisiera presentar mis argumentos para demostrar, de una vez y por todas, que los sodomitas (y gomorritas) de la modernidad son, en específico, quienes más condenan a las comunidades gay, lesbiana, bisexual y transgénero.

¿Por qué hago esto? Sencillo. Primero, porque es algo de lo que casi no se ha escrito en español. Existen miles de ensayos, libros y recursos en inglés sobre este tema, pero muy poco existe en español. Segundo, lo poco que existe en español, en su mayoría, son traducciones de los trabajos en inglés (u otras lenguas) por lo que no está escrito desde la realidad del pueblo hispanohablante. Tercero, porque es un tema que me toca personalmente como persona que profesa la fe cristiana, dentro de su forma protestante y de la tradición bautista. Además, finalmente, como hombre gay y miembro del clero, es importante para mí que temas como este se desarrollen puesto que, como dice la Biblia “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento…” (Oseas 4.6a) O, como nos recuerda de nuevo Dios en el libro de Isaías 5.13, “Por tanto, mi pueblo fue llevado cautivo, porque no tuvo conocimiento; y su gloria pereció de hambre, y su multitud se secó de sed.” Así que, con gusto comparto algo de conocimiento sobre la Biblia con quienes dicen haberla leído y seguir sus estatutos pero que dejan ver su ignorancia acerca del texto sagrado.

Ahora démosle una lectura seria al texto de la historia de Sodoma y Gomorra y lo que la misma Biblia dice sobre ella.

Aunque no pretendo dar una lectura completa, hermenéutica o apologética – o sea, esto no es un ensayo teológico, sino un corto ensayo expositivo – quiero hacer referencias a algunos puntos que los literalistas prefieren obviar cuando leen la historia de Sodoma y Gomorra.

Primero, tenemos que tener en cuenta las costumbres semíticas con respecto a la hospitalidad. Viviendo en lugares desiertos, donde la vida de cualquier persona corre peligro ya sea por la falta de agua, por el calor o por los animales y plantas venenosas del desierto, el mostrar hospitalidad es sumamente importante en la cultura semítica. La Biblia contiene leyes bien específicas acerca de cómo tratar a los extranjeros y las extranjeras que viven entre el pueblo hebreo. Una mirada rápida al Pentateuco nos ofrece una clara evidencia de la forma en que Dios le pide al pueblo que trate a personas extranjeras que vivan o visiten entre el pueblo de Israel. Y, como a los literalistas les gusta mucho el arrojar versículos bíblicos a diestra y siniestra, aquí les tengo algunos con respecto a las leyes de hospitalidad: Éxodo 12.49; 22.21; 23.9; Levítico 19.10, 33-34; 23.22; 24.22; 25.6, 23, 35, 47; Números 9.14; 15.14-16, 26, 29; Deuteronomio 1.16; 10.18-19; 14.29; 16.11, 14; 23.7; 24.14, 17, 19-21, 26.11-13; 27.19. Aunque estas leyes fueron codificadas mucho después de los sucesos de Sodoma y Gomorra, nos ofrecen una visión de lo importante que era – y es – para Dios el proteger a quienes son extranjeros en tierras extrañas.

Cuando los visitantes llegaron a casa de la familia de Lot, el pueblo de Sodoma salió de manera violenta a recibir a los extranjeros. Ciertamente, el pueblo de Sodoma (y de Gomorra) no era parte de quienes llegaría a ser el pueblo de Israel, pero entre ellos vivía Lot y su familia, que, por acción del pacto de Dios con Abraham y Sarah, eran parte del pueblo que Dios escogió para revelarse a sí mismo.

Segundo – y aquí lo más importante de la historia – es que las referencias bíblicas con respecto al pecado de Sodoma y Gomorra es contundente. ¡Nada que ver con homosexualidad! Sí, hay pecado de inmoralidad sexual, pero no es el que los literalistas quieren imponer al texto. ¡El pecado de inmoralidad sexual lo comete Lot! ¿Cómo? Pues así mismo como lee. El pecado de inmoralidad sexual lo comete Lot al ofrecer sus propias hijas a la multitud para que las violen. ¿No han leído esto los literalistas en la historia? Pues le cito, según Génesis 19.6-8: “Entonces Lot salió a ellos a la puerta, y cerró la puerta tras sí, y dijo: ‘Os ruego, hermanos míos, que no hagáis tal maldad. He aquí ahora yo tengo dos hijas que no han conocido varón; os las sacaré fuera, y haced de ellas como bien os pareciere; solamente que a estos varones no hagáis nada, pues que vinieron a la sombra de mi tejado.’” En ningún momento se nos dice cuál era la intención de la multitud con respecto a los ángeles que vinieron a visitar a Lot. La verdad es que no sabemos si la intención era de violarles, de pegarles o de maltratarles; pero de todas maneras, podemos inferir que la intención no era tratarles bien, sino humillarles. Entonces Lot, en se desesperación de que sus huéspedes no sean maltratados, ¡ofrece a sus propias hijas para que sean maltratadas! ¿Cuántos literalistas hablan acerca de estas acciones de Lot? Ninguno. O por lo menos, no he escuchado a ningún literalista condenar a Lot.

Ahora, veamos lo que la misma Biblia nos dice que es el pecado de Sodoma y de su hermana Gomorra… (Si quieren, aquí pueden escuchar los tambores… porque es una de esas revelaciones que, como dicen en mi país, “se cae de la mata”, pero que nadie lee.) Según Ezequiel 16.49-50, Dios mismo nos dice que esta fue la maldad de Sodoma: “He aquí que esta fue la maldad de Sodoma tu hermana: soberbia, saciedad de pan, y abundancia de ociosidad tuvieron ella y sus hijas; y no fortaleció la mano del afligido y del menesteroso. Y se llenaron de soberbia, e hicieron abominación delante de mí, y cuando lo vi las quité.” Les cito los pecados: soberbia, saciedad de pan, abundancia de ociosidad, no fortalecer la mano del afligido y el menesteroso y abominación. (Y aquí, recordemos que “abominación”, según la Biblia, puede ser cualquier cosa desde no limpiarse correctamente, según Levítico 7.21 hasta adorar ídolos según Deuteronomio 7.25).

Es interesante que en una de las instancias en que Jesús utiliza el ejemplo de Sodoma y Gomorra según lo leemos en Marcos 6.7-13, es en el contexto de que sus seguidores no sean recibidos de buena manera en tierras extranjeras. O sea, ¡que el mismo Jesús sabía que el pecado de Sodoma y Gomorra fue la inhospitalidad!

Como dije al principio, este no es un ensayo teológico hermenéutico o apologético, solamente un ensayo expositivo para dejarle saber a los literalistas lo alejados que están sobre la lectura del texto. Así que, entendiendo que podríamos escribir muchos otros ensayos sobre el tema, me adelanto a compartir algunas conclusiones con mis lectoras y lectores.

Entre las conclusiones a las que he llegado al prestarle atención al texto están las siguientes:

  1. La iglesia cristiana contemporánea, en especial la mayoría de las comunidades evangélicas y fundamentalistas, son el vivo ejemplo de sodomía. En ellas no se permiten personas ajenas a su grey (extranjeros y extranjeras). Las mismas no comparten la mesa con quien viene en busca de pan y vino (muchas mantienen la mesa de comunión cerrada, vetada a quienes no sean parte de las congregaciones o denominaciones particulares). Muchas de estas comunidades son soberbias, predicando que ellas, y solo ellas, tienen la verdad inalienable de Dios. Además, practican la abominación de idolatría, al poner a la Biblia – una creación humana – por encima de Dios, de la revelación de Dios en Jesucristo y de la dirección del Espíritu Santo, quien es responsable de “guiarnos a toda verdad” según nos dice Jesús en Juan 16.13.
  2. La iglesia cristiana contemporánea – otra vez, en especial las comunidades evangélicas y fundamentalistas – no son literalistas. Sus líderes y miembros NO toman la Biblia de manera literal. Por el contrario, estas comunidades leen sus propios prejuicios en cada historia bíblica, sin prestar atención a la dirección del Espíritu Santo ni de la historia del pueblo que nos dio las Sagradas Escrituras. De hecho, no hay tal cosa como “interpretación literal” de ningún texto. Toda persona que lee, lo hace desde una realidad histórica, social, religiosa, económica, familiar, geográfica y tantas circunstancias que nos hacen seres humanos.
  3. La iglesia cristiana contemporánea es hipócrita, pues utiliza sus propias bíblicas para imponer sus creencias sobre otras personas, en vez de permitir que sea Dios, a través del Espíritu Santo, quien dirija a los individuos a una lectura bíblica que nos acerque a Dios.
  4. Finalmente, la iglesia cristiana contemporánea, en especial las comunidades evangélicas y fundamentalistas, al tratar de imponer sus propias lecturas al texto bíblico, no dejar que el Espíritu sea quien les dirija y querer añadir y quitar cosas del texto de manera indiscriminada, están cometiendo el pecado que tanto aborrecen: quitar y añadir a la Biblia. Como nos dicen las Sagradas Escrituras, en Deuteronomio 12.32: “Cuidarás de hacer todo lo que yo te mando; no añadirás a ello, ni de ello quitarás.” Y luego nos repite en Apocalipsis 22.19: “Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro.” Así que, ¿qué esperan estas comunidades para arrepentirse, para mirar de nuevo a Dios y pedir perdón por sus pecados de sodomía e idolatría y reconciliarse con el Creador? Les insto a reconsiderar sus caminos sodomitas pecaminosos y abrir las puertas de sus iglesias y de sus corazones a recibir a toda la creación de Dios (Romanos 8.22-23), y de esta manera cumplir el sueño de Dios de crear un cielo nuevo y una tierra nueva donde “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.” (Apocalipsis 21.2)

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El Peligro de la Educación

(NOTA: Este es un artículo extenso, como respuesta a los discursos públicos en Puerto Rico con respecto a las leyes propuestas que protegerían a las comunidades LGBT de la Isla. Por favor, tomen el tiempo para leerlo, no lo lean a prisa. Es un ensayo socio-teológico, no solamente un artículo de opinión.)

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Cuando entré en la adolescencia comencé a sentir un dolor horrible en mi rodilla derecha. La verdad es que no había razón para ello. Nunca he sido deportista. No me había lastimado. Sólo me dolía la rodilla. Preocupada, mi madre me llevó a la pediatra. Después da varios exámenes, la pediatra llegó con su diagnóstico. “Mayi,” le dice la pediatra a mi mamá, “lo que tu hijo tiene no es nada grave. Es solo que está creciendo. Esos dolores son normales. Es parte del proceso de crecimiento.”

Nunca me voy a olvidar de este incidente. De hecho, en más de una ocasión esta historia me ha servido para mis sermones. El proceso de crecimiento duele. Crecer implica cambios y transformaciones que en ocasiones pueden ser dolorosas. Algo así es lo que pasa con el proceso de educación.  Si se toma en serio, la educación no es algo de un solo día. La educación es – o debería ser – un proceso de aprendizaje continuo que, de una manera u otra, conlleva transformación y por ende, un poco de dolor e incomodidad. He ahí donde está el peligro de la educación…

Debo aclarar que “educación” e “instrucción”, aunque pueden utilizarse coloquialmente como sinónimos, no lo son. La instrucción es una forma de enseñanza en la cual se adiestra para un propósito en particular. Por ejemplo, podemos obtener instrucción de cómo armar un aparato electrónico. Para armar dicho aparato, no necesitamos saber el porqué, solo necesitamos el dónde van las piezas y ponerlas en su lugar. Una persona instruida sabe crear algo. La instrucción es muy importante en el campo laboral, puesto que nos ayuda a llevar a cabo nuestras tareas y producir resultados. De hecho, toda disciplina requiere de instrucción.

Pero la educación es más que instrucción. La educación es un conjunto de conocimientos que nos permiten interactuar en la sociedad. La educación no solamente instruye a un individuo a llevar a cabo una tarea sino que nos ayuda a entender el contexto en el cual esta tarea se lleva a cabo.

Les comparto dos ejemplos de cómo la instrucción y la educación van de la mano pero son diferentes.

Digamos que una ingeniera civil quiere hacer un puente que cruce de un lado del río al otro. La ingeniera tiene la capacidad de diseñar el puente. También puede ella determinar los materiales a utilizarse, los procedimientos necesarios y las dimensiones del proyecto. Su instrucción le permite hacer todo esto. Pero digamos que esta ingeniera no tuvo educación, solo tuvo instrucción. ¿Para qué es bueno ese puente? ¿Sólo para pasar de un lado al otro? ¿Cuál es la razón por la cual se quieran conectar un lado del río al otro? ¿Qué beneficios traerá este puente?

En su educación – probablemente universitaria – esta ingeniera fue expuesta a una educación comprensiva. Durante sus años de estudio, ella tomó cursos no solamente de diseño y materiales, sino que tomó cursos de economía y sociología, de historia y de redacción.

Podrás preguntarte – como se preguntaban muchos/as de mis compañeros/as de estudio – el porqué es importante tener todos esos “cursos irrelevantes” en el currículo universitario. Pues vayamos de regreso a las preguntas que cito arriba. ¿Por qué hacer el puente? Puede ser que hayan razones económicas: un lado del río tiene las fábricas mientras el otro tiene las tiendas que venden los productos. Esto es economía, no ingeniería ni química. ¿Dónde hacer el puente? Pues en el lugar más accesible para la población (demografía), pero suficientemente apartado como para no disturbar las sociedades expuestas al mismo (sociología) ni el medio ambiente (ecología). ¿Por qué hacerlo hoy y no esperar unos años? Porque el movimiento de personas al área lo requiere (historia). ¿Habrá dinero para construirlo? Pues una buena presentación a las compañías inversionistas (redacción) podría convencerles de que es necesario (retórica).

En fin, que la educación comprensiva a la que la ingeniera se haya expuesto le dará las herramientas para llevar a cabo su labor.

Ahora, permítanme compartir otro ejemplo más personal.

Mi profesión es el ministerio. O, en español sencillo, soy pastor de iglesia. Contrario a lo que muchas personas piensan, el pastor o la pastora no es – o no debería ser, como muchas personas que hay por ahí – un títere de Dios. Si bien es cierto que para quienes practicamos el ministerio “el llamado” es importante – o sea, nuestro sentido de que la Divinidad nos ha extendido una invitación al ministerio – también es cierto que es necesario obtener una educación comprensiva para ser un ministro o una ministra efectiva.

O sea, podemos tener una buena instrucción de cómo predicar. Pero eso es solo uno de muchos aspectos del ministerio. Un pastor o una pastora educada, también entenderá la historia de la fe (historia y humanidades), el contexto sociológico en el cual los textos sagrados fueron escritos (sociología y antropología), las características de la congregación a la que sirve (antropología, economía y demografía), etcétera. Pero también debe el ministro o la ministra tener conocimiento de la sicología y la biología – ¿está una persona con depresión porque perdió un ser querido o lo está porque tiene una condición de desequilibrio hormonal o de problemas químicos de los neurotransmisores dentro del cerebro? Además, tenemos que tener en cuenta aspectos económicos y financieros (¿cuánto se puede hacer con los recursos que contamos?) ¡Y todo esto es solo el comienzo!

Una educación comprensiva, contrario a una instrucción, lleva a tomar todo lo que tenemos alrededor en consideración. Pero además, la educación comprensiva trae consigo el “peligro” de que tengamos que cambiar de parecer de acuerdo a los datos nuevos que nos lleguen. O sea, que cuando se presentan nuevas alternativas, o se presentan nuevas realidades, debemos aceptarlos y utilizar los mismos para tomar nuevas decisiones. Hay ocasiones en que estas decisiones serán diferentes a las que en un momento pensamos que eran las únicas que debían tomarse. Esto, por supuesto, trae consigo el “peligro” de transformación, de cambio, de dejar atrás las cosas que conocemos y que nos hacen sentir cómodos para poder movernos hacia adelante.

En días recientes el debate público en Puerto Rico ha traído a la luz el peligro de la educación. Pero aun más, este debate ha demostrado que muchas personas que se autoproclaman “líderes” – ya sean políticos, comunitarios o religiosos – no tienen el deseo de exponerse a una educación. De hecho, ellos y ellas parecen estar conformes con su instrucción y han tomado la decisión de dejar de crecer como individuos y como miembros productivos de la sociedad. Prefieren, estos “líderes”, mantenerse enajenados y enajenadas de los datos y las nuevas realidades que el resto de la sociedad vive.

Lo más desafortunado es que, junto a sus posiciones erróneas, han tratado de arrastrar a una masa de personas que también han tomado la decisión de dejar de aprender. Y no digo que esta masa sea la mayoría. No lo creo. De hecho, sé – porque he sido parte de la facultad de una universidad en la Isla – que hay muchas personas que atesoran la educación y que la saben importante dentro de su necesidad de instrucción para ejercer diferentes profesiones.

Ahora, les comparto algunos datos específicos de las ridículas ocurrencias que han pasado durante los debates públicos en Puerto Rico.

Comencemos con la falta de educación de la legisladora que llamó – y sigue llamando – “orientación sexual” a la pedofilia y al bestialismo. Esta legisladora aprendió a ejercer una profesión (se instruyó), en su caso, la abogacía. Como no conozco su record con respecto a su profesión, digamos que es buena abogada. Digamos que representó a sus clientes de manera justa y profesional. Digamos que ganó varios casos y que perdió otros, como cualquier otra persona ejerciendo su profesión. Su instrucción le ayudó a ejercer la abogacía y hasta le ofreció herramientas para convencer al pueblo de que era la mejor candidata para ocupar un puesto público. Desafortunadamente, a esta legisladora no le interesa la educación. Como la educación implica transformación y por ende, un proceso de dolor al dejar atrás creencias, mitos, prejuicios y mores que han estado integrados a nuestra psiquis cultural, la legisladora ha preferido ignorar los datos, las realidades y los argumentos que se le han presentado tratando de corregir sus errores. No ha podido la legisladora reconocer su error y APRENDER, exponerse a una transformación y a un crecimiento. Así que sigue ella en su ignorancia y haciéndose la víctima.

¿Qué se puede hacer con un caso como el de esta legisladora y de otros y otras personas que pertenecen a la élite política del país? En su caso, esperar unos años para presentarla de nuevo ante las masas educadas de los y las votantes.

El segundo caso es más peligroso. Este es el caso de una señora que se autoproclamó “apóstol” y que dirige una congregación bastante grande en la Isla. Digo que este caso es más peligroso por varias razones. Primero, como pastor y teólogo, veo crasos errores teológicos en las enseñanzas de esta señora. Segundo, porque esta señora no tiene educación teológica ni entrenamiento profesional, por lo que ha estado poniendo en peligro la salud emocional y espiritual de miles de personas que han pasado por su congregación. Tercero, porque esta señora ha estado teniendo un protagonismo tremendo y controlando los medios de comunicación, dando una perspectiva errónea de quienes nos dedicamos al ministerio y de quienes hacemos teología, no sin señalar el daño que le hace al pueblo al no querer reconocer sus errores.

Cualquier persona puede ser entrenada (instruida) para predicar. Esto es fácil. Pero no toda persona tiene el deseo de aprender y educarse en el ministerio. No quiero entrar en muchos detalles porque ya este ensayo está suficientemente largo. Pero les dejo con varias observaciones teológicas que desmienten las posiciones de la señora que se autoproclama “apóstol”.

¿Puede alguien proclamarse “apóstol” hoy día? Según las Escrituras Cristianas – las mismas que esta señora demuestra que no ha leído – la respuesta es un rotundo NO.

¿Cuáles, pues, son los requisitos para ser apóstol? Pues son tres. Primero, haber estado con Jesús durante su ministerio y haber sido testigo de su resurrección (Hechos 1.12-26 y 1 Corintios 9.1) Y le cito esta parte de la Biblia Reina-Valera 1960 que esta señora dice que vino directa del cielo – “Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección.” (Hechos 1.21-22, esto ocurre cuando los Apóstoles se reunieron para escoger el sucesor de Judas Iscariote.) Segundo, un apóstol debe haber sido llamado o llamada directamente por Jesús u por el Espíritu Santo para tal trabajo (Mateo 10:1-15; Marcos 3:13-19; Lucas 6:12-16; Juan 20.1-18 [este es el llamado y la encomienda a María Magdalena, quien también fue apóstol en todo el sentido de la palabra]; Hechos 1:12-26; 9:1-19; 22:6-21; 26:12-23). Finalmente, los y las apóstoles tenían el poder de hacer milagros (Macos 3:15; 16:17-20; Lucas 9:1-2; Juan 14:12,26; 15:24-27; 16:13; Hechos 2:43; 4:29-31,33; 5:12,15-16; 6:6; 8:14-18; 19:6; 2 Timoteo 1:6; Romanos 1:11; Hebreos 2:3-4). Esta lista de versículos que hablan tan claramente de las características de un apóstol nos da la certeza de que la señora que se ha autoproclamado “apóstol” nunca ha abierto la Biblia para leerla.

Tenemos que tener en cuenta que el poder de hacer milagros es concedido a TODA persona creyente, no solamente a los y las apóstoles. Sin embargo, las tres características tienen que estar unidas para poder determinar si una persona es en realidad “apóstol” en el sentido bíblico de la palabra. Si no es así, entonces debemos hacer lo que la misma Biblia nos enseña, “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.” (1 Juan 4.11) Cuando tomo todo en consideración, la única conclusión a la que puedo llegar con respecto a esta señora es que es una falsa profetiza. Desafortunadamente, como dice la Biblia, “son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo.” (Mateo 15.14)

En fin, que tanto la legisladora como la señora autoproclamada “apóstol” han sido instruidas, pero su temor a la transformación y al crecimiento como personas le han impedido educarse. Ese es el peligro de la educación: que duele, que hace que nos sintamos incómodos, que nos toca en lo más profundo y no nos deja iguales… En fin, que si queremos crecer como personas, tenemos que exponernos a los peligros de la educación. De otra manera, solo somos “metal que resuena, o címbalo que retiñe” (1 Corintios 13.1) pero completamente huecos.

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El Amor de Dios es Condicional

Cuando era chiquito y participaba de las actividades de la iglesia bautista en la que crecí, aprendí un corito que dice así:

“Dios es amor,

la Biblia así lo dice.

Dios es amor,

lo vuelve y lo repite.

Dios es amor…

Buscando lo hallarás;

 en el capítulo cuatro,

versículo ocho,

primera de Juan.”

De pequeño, me gustaba tratar de cantar la canción porque siempre me trababa. ¿En qué verso es que está? ¿En qué capítulo? ¡Dios mío, pero si es que no sé diferenciar entre primera, segunda y tercera de Juan! Pasábamos mucho tiempo en la Escuela Dominical y en las Escuela Bíblica de Vacaciones aprendiendo este corito. Lo cantábamos cuando íbamos de jira y cuando hacíamos los servicios de la niñez. Lo canté en privado y en público. Lo canté y lo canté hasta que me lo creí…

Creciendo en la iglesia bautista de mi barrio, comencé a creer en un Dios que se manifestaba en amor. Tal como lo decía el corito, “Dios es amor, la Biblia así lo dice.” ¡Me creí el cuento! Llegué a pensar que las personas que me enseñaron dicho corito eran sinceras; que eran personas que de verdad creían en un amor incondicional de Dios hacia mí y hacia toda persona. Pero pronto me daría cuenta que eso no era verdad. Pronto me daría cuenta de que el amor de Dios no es incondicional; por el contrario, me di cuenta en mi adolescencia que el corito que me enseñaron era una mentira.

No digo que 1 de Juan 4.8 no diga que Dios es amor. Por el contrario. Claramente lo dice allí: “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.” Lo dice clarito. Así como lo canté de pequeño. Lo que no era cierto es que la iglesia que me enseñó a cantar este corito se creyera lo que cantaba.

La verdad es que no sé cuál es la posición de la iglesia bautista en la que crecí con respecto a esto. Cuando digo, “la iglesia que me enseñó a cantar este corito”, me refiero a la Iglesia Cristiana en general. Me refiero a aquella Iglesia que dice estar fundamentada en las enseñanzas de Jesús. Me refiero a aquella Iglesia que dice ser la portadora de gracia y salvación y liberación para la gente, porque es el cuerpo de Cristo. Si es bautista, o católica, o pentecostal, o presbiteriana, o carismática, o metodista, o adventista, o lo que sea, es inconsecuente. Me refiero a la iglesia que todavía hoy enseña a la niñez a cantar con alegría este corito, pero que a la hora de la verdad sus acciones distan mucho de las acciones del predicador errante que dicen seguir.

La Iglesia Cristiana me mintió. El amor de Dios que esta iglesia predica es condicional. El amor de Dios que esta iglesia predica es un amor que hiere. Bien lejos está este “amor” del que predicaba Pablo en su carta a la iglesia en Corinto, cuando escribe: “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará.” (1 Corintios 13.4-8) Ahora, ese “amor” que se supone era el de Cristo hacia la humanidad y que es el que se supone que la humanidad demuestre entre sí, se ha relegado “a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe.” (1 Corintios 13.1b) Ya ese amor de Dios, del que tanto Juan y Pablo hablaron, solo se usa en recitales para bodas “correctas”, o sea, entre un hombre y una mujer. Así que ya ese amor no tiene sentido, ni tiene sonido.

La Iglesia me mintió. Me decía que Dios es amor pero según fui creciendo me di cuenta de que ese amor era condicional. Cuando yo abrí mis ojos al amor y encontré ese amor en otro hombre, la Iglesia me dijo que ya “el amor de Dios” no era para mí. A pesar de que me enseñaron a cantarlo; a pesar de que me enseñaron a buscarlo; a pesar de que me enseñaron a creerlo, ya ese amor no era para mí.

¡Hasta se inventaron un versículo para describir el amor condicional que Dios tiene para quienes somos como yo! “Dios ama al pecador, pero no al pecado” me comenzaron a decir. Yo buscaba y buscaba desesperado en dónde estaba este versículo tan recitado, pero nunca lo encontré. Por el contrario, después de mucho estudio y lectura de la Biblia (soy teólogo y pastor de profesión) me di cuenta que éste era un versículo inventado. ¡Otra vez me mintió la Iglesia!

Tanto me mintió la Iglesia que me dejó sin madre, sin padre y sin hermana. Cuando lo Iglesia decía que somos “la familia de Dios”, no decía que esta familia también era condicional. Nunca me dijo la Iglesia que para pertenecer a esta familia tenía que deshacerme de la persona que Dios me hizo y convertirme en un títere sin alma y sin entrañas; que me tenía que despojar de quien Dios me hizo para convertirme en una marioneta de la institución que puso condiciones al amor de Dios.

Pero he aquí la paradoja: mientras la Iglesia me siga mintiendo yo me seguiré proponiendo desmentirla. Después de haber dejado de un lado la Iglesia y sus mentiras, volví. No solo que volví, sino que me hice más creyente. Creyente de la realidad inescrutable a la que en mi fe llamamos “Dios”. ¡Me hice hasta más bautista! El amor y la pasión que sentí y que sigo sintiendo por todo lo que tiene que ver con la naturaleza de la Divinidad y con la forma en que la Divinidad se manifiesta, me llevó a estudiar teología. Además de esto, me llevó a optar por el ministerio parroquial como mi profesión. Hoy día sigo siendo una persona de fe; una fe transformada a fuerza de fuego, como dice el Apóstol en 1 de Pedro 1.2-9.

La fe que profeso hoy día es una que sigue la inocencia de la fe en el amor de Dios como lo cantaba de niño. A la misma vez, es una fe madura. Es una fe que no es ciega, sino que busca y escudriña las Escrituras porque ellas no son letra muerta e ídolo santo como el fundamentalismo que se ha apoderado de mi tradición religiosa lo quiere presentar. Por el contrario, las Escrituras que leo siguen siendo una “lámpara a mis pies y lumbrera a mi camino.” (Salmo 140.105) Las Escrituras que leo no son un ídolo ante el que me arrodillo y adora, como hacen los fundamentalistas que se han robado mi tradición religiosa. Las Escrituras que leo tienen historia y contexto. Las Escrituras que leo es “viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.” (Hebreos 4.12) ¡Estas no son palabras muertas para regir las vidas! Contrario a lo que los fundamentalistas que se han querido robar a tradición religiosa, las palabras que encuentro en las Escrituras tienen sentido cuando las veo en su justo contexto. Y esas palabras no son el final; sino el comienzo.

De hecho, después de mucho dolor por haber perdido mi familia, fueron las palabras que aprendí en la Escuela Dominical las que vinieron a mi mente: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá.” (Salmo 27.10) Mi padre, mi madre y mi hermana me dejaron, porque su amor es condicional, como el que predica la Iglesia Cristiana a la que asisten. Pero el amor de Dios, no el que predica la Iglesia, sino el que viene de la Divinidad en todo su esplendor y en todas sus manifestaciones, me recoge, me da la bienvenida, me abraza y me renueva.

También me he acordado de otras lecturas bíblicas. Por ejemplo, la única vez en que Jesús se manifiesta en los evangelios acerca de cuál es su definición de “familia”. El evangelista Lucas (8.19-21) nos cuenta esta corta historia que, una vez más, es la única declaración que hace Jesús sobre lo que él considera “familia”: “Entonces su madre y sus hermanos vinieron a él; pero no podían llegar hasta él por causa de la multitud. Y se le avisó, diciendo: Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte. Él entonces respondiendo, les dijo: ‘Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen.’” ¡Una familia se hace! Una familia es aquella que hacen real a Dios en su medio. Una familia, según Jesús, es la que tú escoges.

Esa familia la he ido haciendo a través de los años y las décadas. Ya no tiene padre, madre y hermana; pero tiene una abuela que siempre me ha querido. Tiene tías que me hacen reír y que siempre me abrazan. Tiene primas que me aman y me lo repiten una y otra vez. Tiene primos que, siendo hombres jóvenes heterosexuales en un ambiente machista, se atreven a alzar la voz por los derechos de las personas gay, lesbianas, bisexuales y transexuales. Tiene amistades, de todas las edades, todos los sexos, todas las orientaciones, todas las religiones y de ninguna religión, hasta de diferentes partes del mundo, que siempre han estado allí para mí. Esa familia tiene un compañero al que amo, que me ha dado su amor, su compromiso y su fidelidad y con quien próximamente me casaré legalmente. Quizás algún día mi madre, mi padre y mi hermana decidan regresar a mi familia y dejar atrás el amor condicional de su Iglesia Cristiana para acceder al amor incondicional del Espíritu de Dios del cual nos enseña las Escrituras. Cuando eso pase, estaré aquí con el resto de mi familia para recibirles.

Por ahora, sigo denunciando la mentira de la Iglesia. Al mismo tiempo, sigo proclamando la verdad que he encontrado en las Escrituras… Esta vez, como cuando era niño, canto, canto, canto… Este es mi canto de hoy:

¡El amor de Dios es maravilloso!

            ¡El amor de Dios es maravilloso!

            ¡El amor de Dios es maravilloso!

            ¡Cuán grande es el amor de Dios!

            Tan alto que no puedo ir arriba de él…

            Tan bajo que no puedo ir debajo de él…

            Tan ancho que no puedo ir afuera de él…

            ¡Cuán grande es el amor de Dios! 

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Mi reacción a la marcha anti-familia del 18 de febrero en el Capitolio

La politiquería barata de pseudo-religios@s puertorriqueñ@s me da asco. De seguro que la Divinidad está avergonzada. ¿Hasta cuándo van a seguir buscando chivos expiatorios a quien hecharle la culpa por las barbaridades que ell@s mism@s han creado? El peor ataque a la familia puertorriqueña ha venido desde quienes se paran cada domingo en el púlpito a predicar a Dios y se van a sus casas a maltratar a sus esposas, a atacar física-, mental- y sexualmente a sus propi@s hijos, y a sembrar sizaña y odio entre sus vecin@s. Serán muchas las gentes que se dejen engañar y vayan como corderit@s al Capitolio el lunes, pero como dicen, “el hábito no hace al monje.” Siguen siendo hipócritas que dicen saber de Biblia cuando no le prestan ni atención; iletrad@s que siguen a un supuesto “dios” que no es más que la suma de todas sus vergüenzas y odios. Eso es todo lo que tengo que decir con respecto a la marcha anti-familia, anti-vida, anti-leyes y anti-ética a la que van a ir “cieg@s dirigiendo a cieg@s.”

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