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La iglesia que sueño

Es indiscutible que la iglesia perfecta no existe. De hecho, creo que es indiscutible que nunca podremos encontrar una iglesia que llene todas nuestras expectativas. Habiendo sido pastor de varias congregaciones – hispanas, anglo-americanas y étnicamente diversas – puedo dar fe de que es imposible el crear congregaciones que logren complacer a toda persona al mismo tiempo. Siempre es posible encontrar congregaciones que llenen las expectativas sobre uno o varios aspectos de lo que consideramos una iglesia perfecta. Pero en definitiva, no podremos crear una congregación que llene todas las expectativas, todo el tiempo y de toda la gente.teologia-de-la-liberacion

Ahora, habiendo dicho esto, también es importante escuchar cuales son las características que las personas creen importantes para una congregación que sea la más apropiada para ellas. Esto no quiere decir que lograremos crear tal congregación. Es solo un ejercicio de soñar con nuestra congregación ideal.

Cuando me mudé a la ciudad donde vivo actualmente y ya que tenía la oportunidad de pasar del púlpito a los bancos, era el momento ideal para buscar una congregación hispana, que llenara mi necesidad de adoración en español, con una comunidad de gente con la que me pudiera identificar mejor. Visité varias comunidades y elegí una. Como he dicho, ninguna es perfecta, pero encontré una comunidad que me aceptó, que me gustó y en la que me he sentido cómodo. De todos modos, sueño con una comunidad de fe que sea más progresista, que realmente refleje mis valores y teología. No sé si sea posible encontrarla, en especial sabiendo la cantidad limitada de congregaciones hispanas en donde vivo, pero sigo soñando con una iglesia que sea más adecuada para mis necesidades.

¿Cuál es la iglesia que sueño? Pues una iglesia que sea así…

  • Una iglesia que no tengo miedo en tomar posiciones teológicas progresistas; que no se amilane de decir las cosas como son y de condenar el pecado de la soberbia, de la corrupción, de la intolerancia, del racismo, de la xenofobia, de la homofobia, de la violencia, de la transfobia, de la misoginia, del sexismo, de la opresión. En fin, una iglesia que tenga una voz profética.
  • Una iglesia que no le tema a la innovación litúrgica; donde se pueda ser flexible y expansivo con la liturgia. Una iglesia donde la rigidez se deje atrás y se de paso a la innovación, a una liturgia dinámica, a una liturgia apasionada, a una liturgia contagiosa y atractiva.
  • Una iglesia que haga uso del lenguaje inclusivo, donde “Dios” no sea solo presentado en forma masculina, sino que se utilicen todas las imágenes bíblicas para la Divinidad; una iglesia donde se hable del Dios que es como una Madre, como una Doncella, como una Mujer Parturienta, como una Viuda que busca una moneda… En fin, una iglesia que reconozca la naturaleza expansiva de Dios.
  • Una iglesia que no tenga miedo de confrontar la injusticia donde la vea; que se muestre solidaria con las personas marginadas, que se muestre solidaria con quienes sufren, con las personas en necesidad, con la niñez, con los inmigrantes, con las minorías étnicas, etc. Una iglesia que se enfrente a la supremacía blanca con valentía y que la denuncia como lo que es: pecado.
  • Una iglesia que esté bien fundamentada en sus principios cristianos pero que también participe y se nutra de las muchas tradiciones religiosas que existen. Al mismo tiempo, que sea una iglesia de vanguardia con respecto a la ciencia y la educación, que estas sean utilizadas para enseñar la grandeza de la Divinidad y no que se deje llevar por la falsa dicotomía de “ciencia contra religión”.
  • Una iglesia que se atreva a ser política – en el sentido de denunciar políticas públicas que afecten a los grupos más oprimidos mientras también deje bien clara su posición con respecto a políticas públicas de beneficio para toda la sociedad.
  • Una iglesia que atesore la tradición musical de los himnos antiguos mientras también incluya, celebre y cree nuevas formas musicales.
  • Una iglesia que atesore la tradición teológica mientras a la vez acepte la naturaleza siempre expansiva del conocimiento que ofrece el Espíritu de Dios.
  • Una iglesia que utilice más de una versión de la Biblia en español; que entienda que cada traducción es una interpretación y que no todas las interpretaciones son iguales ni apropiadas para todas las veces.
  • Una iglesia donde se proclame la Palabra de Dios en los sermones y no que se ofrezca un mensaje para sentirse bien; una iglesia que confronte, que enseñe, que rete, que desafíe a la feligresía a vivir su fe y no solamente a creer.
  • Una iglesia que celebre; que celebre la diversidad, que celebre la vida, que celebre a Dios, que celebre las culturas, que celebre la música, que celebre la Creación, ¡que celebre todo el tiempo!
  • Una iglesia que sea también bálsamo y refugio para quien busca dirección en su vida.
  • Una iglesia donde la niñez que llegue sea tratada como parte integrante de la misma; que se escuchen niñas y niños jugar y llorar en el santuario, que las madres y los padres se sienten en la libertad de correr tras sus hijas e hijos, donde la voz de la niñez es celebrada, escuchada y empoderada.
  • Una iglesia donde la mesa esté abierta; donde el pan y el vino nunca se acaben ni estén restringidos solo para un grupo; donde regularmente se invite a la gente a participar de la mesa de gratitud – eucharistía – y donde el llamado a compartir esta mesa sea contextualizado para el momento en que se vive; donde los elementos reflejen las comunidades donde se celebra, o sea, que no sea solo pan y vino, pero tortillas y tostones y pan dulce y casabe y jugo de naranja y de jamaica y de coco y café y mate y…
  • Una iglesia donde se sienta el Espíritu vivo de Jesús.

En fin, no sé si esta iglesia llegue a existir, pero espero que alguien por ahí escuche y, si es posible, que acepte el llamado de comenzar a hacer realidad la iglesia que sueño.

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How Mary of Nazareth Helped Me Regain My Faith

“Caridad, Guadalupe, and novenas are not part

of my more immediate tradition.

Yet they are part of my culture.

Does that mean that,

like my native ancestors five centuries ago

when faced by the initial Catholic ‘evangelization,’

I must renounce my cultural heritage

in order to affirm my Christianity?

I do not believe so.”

Dr. Justo González, theologian

 

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Original icon of Our Lady of Guadalupe in Ponce, Puerto Rico. This icon came from the town of Guadalupe, Spain, and has been venerated in the Island for years before the Mexican manifestation of the Virgin of Guadalupe was revealed. 

The Mother of God. The Queen of Angels. The Star of the Seas. Help of the Afflicted. Mystical Rose. Refuge of Sinners. All these and more are devotional titles for Mary, the mother of Jesus of Nazareth. She is not very prominent in the gospel stories, and is very much absent from the rest of the New Testament writings. Yet, for millions of Christians around the world, Mary of Nazareth is a central figure in their spiritual lives. Her image is present in the iconography of Roman Catholic, Eastern Orthodox, Ethiopian Orthodox, Anglican, Coptic and many other Christian traditions. Her image is even utilized by syncretic traditions such as Santería, Candomblé and sometimes Folkloric Spiritism. However, for those of us who grew up mainline Protestants – especially those of us who grew up in Africa, Asia or Latin America – the mere thought of having an image of the Virgin Mother was cringe-worthy.

My religious background is a bit confusing. I often say, for simplicity’s sake, that I grew up Protestant. But, like everything in life, the reality is a bit more complicated. My father was raised in the Northern Baptist Convention (now the American Baptist Churches, USA). My mother, on the other hand, was raised in the Kardesian Spiritist household[1]. Although, by the time that my sister and I were born neither one of our parents were practicing their respective faith traditions. By default, we were “Christians”, but no last-name was attached to it. However, there is something that has followed me since my birth.

I was born a few days after the due date. Usually this is not that big of a concern. However, in my case, when I was born I could not breath and the doctors weren’t sure if I was going to survive. As my mother tells the story, she was eagerly awaiting to welcome her firstborn, but the nurses kept mumbling and didn’t bring the kid to her. After several hours, the doctor approached my mom to let her know that I was in critical condition and they could not bring me to her side. Her first glimpse of my face was through the glass window of the maternity ward in the hospital. In addition, she became ill with a cold, and due to my delicate state, she was discharged without even being able to hold me while the doctors kept me in the hospital for almost a month. When I was discharged and due to my mom’s illness, the doctor indicated not to nurse me as I was still too frail to be exposed to any possible infection. While I was in the hospital my mom did what many parents in religious countries would do: she brought my first pair of shoes – the ones that I had never had the chance to wear – to be deposited at the feet of the Blessed Virgin Mary. This took place at the Shrine of the Virgin of the Rosary in the town of Sabana Grande in Puerto Rico. There, my mom asked the Blessed Mother to look after her firstborn and, as many mothers both from the Bible and beyond have done, she promised God and the Virgin that I would be their servant forever.

I kind of “blame” my mother’s actions for the fact that I am an ordained minister today. Without my consent, she already made the decision for me. But that’s something for another time.

Often times my parents would send me – who was always very interested in spiritual matters and in religion in general – to the Roman Catholic Church in my hometown, the parish of Our Lady of the Miraculous Medal in Castañer, Puerto Rico. Often times, these visits to Sunday Mass were with our neighbors as my parents would not necessarily come with us. I do have some memories of these visits. I also remember visiting my maternal grandfather’s séance on Sunday afternoons and seeing my grandpa lead the community in worship as their Medium. Every now and then we would also visit a home prayer meeting at my paternal grandparents’ home with the Baptist community. And thus, my religious upbringing had a little bit of three “flavors” of experiencing Christianity: Roman Catholic, Protestant and syncretic.

Around age 10 or 11 and after having been invited to a Vacation Bible School at the Baptist congregation in my neighborhood of Yahuecas in Adjuntas, Puerto Rico, I started to regularly attend Sunday services with my sister. This went on for some time until my mom started coming with us and eventually my dad joined us. Later, the whole family was involved in the life of the church and we were all baptized (or in the case of my dad, re-baptized) in that congregation.

Upon my entering in the Baptist tradition, I learned about the Protestant’s rejection of images, idols and icons for worship. I was taught to reject these as useless items that distracted us from worshiping the true God who is neither wood nor plaster but Spirit. I was taught to memorize every Bible verse that warned against the use of idols or images or anything similar in worship. Moreover, I was taught that those who used idols in worship were really worshiping the Devil, without even knowing it. What I learned was that they were kneeling before idols and not before the true God as it was instructed in Scriptures.

Fast-forward several years. I have entered seminary with the intention of pursuing ordination in a mainline Protestant tradition. Although I was not quite sure whether that tradition would be the one in which I grew up, the American Baptist denomination.

Before seminary, a friend who had served as a Presbyterian minister and was now entering the Episcopal Church, introduced me to the wonders of the liturgical world. For the first time, I had the chance to actually understand the history, the meaning, the power of images and icons and movements and sounds and smells in the life of the Church. In addition, while in seminary, I met another friend from the Roman Catholic tradition. During a conversation with him I asked why he, being so progressive in his theology, was still so tied to the Roman Catholic Church. His response moved me. He said: “One of the things that keeps me in the Church is the thought that, for generations, and even today, at every single time of the day, there is a community reciting the same prayers, making the same gestures, saying the same words that I will say when I enter Mass. We are united in prayer; not only in our daily lives and with the people from our parish, but with our sisters and brothers from around the world, and with the saints that came before us and the saints that will come after us.” That statement made me change my understanding of liturgy forever.

But, there was still the fact that I grew up believing that icons and images were contrary to God’s wish for us. All these experiences and so much contradiction made me come to what I thought would be a final conclusion: there is no god. I started thinking of myself as an atheist. Sure, one that was trained in theology and who served the Church, but an atheist nonetheless.

Some time passed. I continued to struggle with my faith and with the idea of God. I went back to wise words that had been shared with me about my faith needed to be mine and not the one I had inherited from others. I read again some of the theological classics and other contemporary writings. I continued my discernment and my journey, without knowing where it would take me, but sure that I was in this wilderness because there was something, or someone, waiting for me.

My return to the faith happened thanks to Mary. Or rather, thanks to María.

In the Latino culture, María, José, Juan, Jesús are common names. (In fact, my given name is Juan!) As I became more and more involved in activism on behalf of my Latino community and as I traveled throughout Latin America sharing time with communities in both rural and urban areas, I started to notice the faces of my people. I notices the Marías, and the Juans, and the Jesúses, and the Josés… Then, I noticed the face of God in María. Often a single mother. Often poor. Perhaps a tortilla vendor or a farmer. Sometimes a beggar on the streets. Other times she was carrying her grandkids as her own children had left for El Norte in search of a better life for those they left behind. Back home in the USA, I say her carrying signs and marching for the rights of the undocumented community. I noticed her carrying her children and cooking me a meal while I visited with them. I noticed María fighting to get access to education while holding two or three part-time jobs to support her parents who barely spoke English. I started noticing María everywhere.

I went back to some of my books. There, I read about how La Virgen Morena, Our Lady of Guadalupe, had returned their humanity to a whole indigenous community in the hills of Tepeyac. There she was, dark-skinned like the indigenous man I had fallen in love with. She was on the banners of those who fought for liberation and freedom. She had welcomed the throngs of immigrants who desperately crossed more than one border to get here. She had welcomed them with open arms in churches and shelters throughout their journey. La Virgen had walked with these people, my people, and had never left them – us – alone. In this journey of doubt and rejection of faith that I had, she was also there, just patiently waiting for me.

Two experiences had transformed my faith thanks to an encounter with La Virgen. The first one was when I stood in front of the altar to Nuestra Señora de la Caridad del Cobre (Our Lady of Charity) in El Cobre, Cuba. There she was, carrying the baby Jesus on her arms, assuring him that all will be well. Her yellow dress reminding the many pilgrims that approach her altar that she was also the embodiment of Ochún, the Yoruba Orisha that traveled with the African slaves to the Américas. I was there, standing in awe before that powerful woman who never left her children alone as they were made to cross the ocean to be enslaved and stripped of their humanity. She journeyed with them and there she was, still standing proud and valiant.

The second experience was when I stood in front of Nuestra Señora de Guadalupe in her shrine in México. I stood in awe, as I saw the dark-skinned, pregnant, indigenous Virgen welcoming us. She looked at us. She saw us. She knew us. There she was, blessing our relationship and our bond of love. I, the descendant of oppressors who massacred the children of the Morenita, standing next to one of her children, dark-skinned and indigenous, like her. She smiled at us. She forgave me. She welcomed me. La Morenita let me know that I, too, was one of her children.

I continue having doubts, of course. I also continue searching for answers that may never come. But at the end, I know that in my wilderness, Our Mother was waiting for me to come home. As I look at the Mother of God, I want to believe that, if such a loving, powerful, inspiring, courageous woman is the route to know Christ and God, I am more than happy to follow her.

—-

[1] For more information about Kardecian Spiritism, you can visit the following site: http://www.spiritist.com/archives/1862

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Carta Abierta a la Legislatura PNP de Puerto Rico

Quiero decir esto públicamente con la esperanza de que llegue a los oídos de los legisladores y las legisladoras PNP de Puerto Rico.

¿Han leído alguna vez las Constituciones – de EEUU y Puerto Rico – que juraron defender? Creo que no. Lo más probable es que sean medio analfabetas, porque la verdad que sus acciones no son de personas que tengan una mínima educación. Alguien que sepa leer, no haría las burradas que están haciendo.

Las iglesias – o cualquier otra institución religiosa – tienen todo el derecho de negarle el rito matrimonial a cualquier pareja. (Si esto es “moral” o no es otra cosa. Pero no entremos en eso.) Las Constituciones explícitamente prohíben al Estado el determinar la teología, creencias y prácticas de las religiones. Eso es lo que se llama “separación de Iglesia y Estado”. Les pongo un ejemplo sencillo: la Iglesia Católica Romana NO casa a personas divorciadas cuyo matrimonio anterior no haya sido declarado nulo por un Tribunal Eclesiástico (claro, con las ya sabidas exepciones del Arzobispo de San Juan casando a la Sra. Sila María Calderón o a la Sra. Olga Tañón, ambas divorciadas cuando caminaron por el pasillo de la Catedral en sus trajes blancos.) Este derecho está en la Constitución: es la Iglesia, no el Estado, quién determina lo que es “matrimonio” para quienes pertenecen a esa tradición.

Por otro lado, hay iglesias que definen el matrimonio como la unión de CUALQUIER dos personas. Estas iglesias ofrecen el rito matrimonial a cualquier pareja – dos hombres, dos mujeres, o un hombre y una mujer. Esa es prerrogativa de la Iglesia gracias a la separación de Iglesia y Estado. Como dije, esto está en las Constituciones que ustedes, queridos legisladores PNP, no han leído.

Finalmente, NADIE puede obligar a un ministro, sacerdote, pastor, etcétera, el llevar a cabo un matrimonio entre dos personas que el líder religioso no crea que estén preparadas para entrar en esta unión.

Todo esto quiere decir lo siguiente, queridos legisladores analfabetos: su gran idea de someter legislación para “protejer” a ministros o más bien, para PROHIBIR a ministros seguir su conciencia con relación al matrimonio, es una intromisión INCONSTITUCIONAL en determinar la teología de las iglesias. Es similar a querer legislar a quién pueden o no pueden las iglesias bautizar, ordenar, hacer funerales, invitar a predicar…

Como ministro, me da terror el pensar que la teología de cualquier iglesia pueda ser determinada por cualquier legislatura, es especial una donde ninguna persona tiene la más mínima educación teológica.

Más está decir que la reciente decisión del Tribunal Supremo de EEUU no cambió en nada la definición del matrimonio en ninguna iglesia. Cada iglesia seguirá definiendo “matrimonio” de acuerdo a su interpretación de las Escrituras que determinen sagradas. Sin embargo, es entendible que ustedes, ignorantes legisladores, hayan creído la mentira que tanto repitieran los grupos fundamentalistas puertorriqueños. Tanto repetir la mentira de que una decisión que no tiene nada que ver con teología iba a afectar sus iglesias, ha creado la ilusión de que es verdad esa mentira. Pero no, nada ha cambiado. Lo único que ha cambiado es que ahora las iglesias tienen que explicarle mejor a sus feligreses – en especial a los más jóvenes – porqué excluyen del rito matrimonial a algunas personas. Ese era el único miedo que tenían los líderes religiosos. Pero, de nuevo, eso serán temas teológicos que cada iglesia te drá que enfrentar por su cuenta.

Ahora, queridos ignorantes legisladores PNPs, espero que dejen de tratar de meterse en temas que no les importan y de los que no tienen idea – en este caso, teología – y se pongan a buscar la forma de trabajar junto al otro grupo de idiotas que tienen por compañeros a ver si hacen algo para sacar a la Isla del hoyo que ustedes mismos – penepés y populares – la han metido.

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La depresión y el clero

Hace ya varios meses he querido escribir sobre el trastorno o enfermedad mental al que llamamos “depresión”. Al principio pensé escribir sobre esto de manera general. Pero según he meditado más sobre el tema, pienso que es importante tomar concentrarme en dos aspectos. Primero, quiero compartir mi propia experiencia como persona que vive con depresión. Segundo, quiero hacerlo desde el punto de vista de quienes pertenecemos al clero – o sea, personas en el ministerio ordenado, monjas, monjes, predicadoras, evangelistas, sacerdotes, etcétera. También quiero hacerlo en español, porque muy poco se ha dicho y se ha escrito sobre el tema de la depresión y de otras enfermedades mentales en este idioma.

Comencemos pues, por aclarar algo muy importante. Escribo sobre la depresión sin ser psicólogo, psiquiatra o profesional de la salud mental. Por otro lado, sí tengo algo de experiencia en el campo de la salud mental puesto que mis estudios universitarios (en sociología) y mis estudios graduados (en divinidad) me prepararon para poder determinar algunos grados de necesidad de personas con enfermedades mentales. Esto no quiere decir que tengo conocimiento clínico-médico al respecto; más bien, tengo herramientas para determinar si una persona necesita ser vista por una profesional de la conducta para tratar alguna enfermedad sicológica. Con esta aclaración hecha, me gustaría moverme al asunto de la depresión en el clero, en especial desde la perspectiva de las comunidades hispanas o latinas.

Dentro de las comunidades hispanas existe bastante prejuicio contra las enfermedades mentales. Es bastante sabido que las personas que practican la psicología o la psiquiatría no tienen mucha clientela entre personas hispanas. Hay varias razones que contribuyen a esto. Por ejemplo, dentro de las comunidades hispanas se entiende que es deber de la familia el proteger a sus miembros. Si una persona padece de alguna enfermedad mental, hasta cierto punto se entiende como una falta de responsabilidad de parte del padre y la madre el que un hijo o una hija padezca una enfermedad mental. Por otra parte, históricamente las personas en poder han determinado que las personas sin poder están en esta situación precisamente porque no tienen las capacidades mentales para superarse. O sea, que existe sospecha de parte de muchas personas en ser diagnosticadas con alguna enfermedad mental. Por último, la religiosidad de muchas comunidades hispanas no permite ver la necesidad de tratamientos psicológicos o psiquiátricos ya que las divinidades existen precisamente para lidiar con estos aspectos. Con esto quiero decir que existe un pensamiento arraigado entre las personas hispanas de que Dios, la Virgen, los santos, los Orishas, los espíritus guías, etcétera, son responsables de mantenernos estables en nuestra salud mental. Una oración, un exorcismo, el rezar un rosario, hacerle un ritual al Orisha, pasar por un despojo, y otros, debe ser suficiente para que la divinidad actúe y la enfermedad desaparezca. El no creer que la oración por si sola es suficiente, es motivo para cuestionar la fe de la persona. (Aunque, interesantemente, nunca se cuestiona la autoridad y el poder de la divinidad cuando la cura no llega.)

La depresión es un desorden mental. Según la definición clínica de la misma, la depresión es: “el diagnóstico psiquiátrico que describe un trastorno del estado de ánimo, transitorio o permanente, caracterizado por sentimientos de abatimiento, infelicidad y culpabilidad, además de provocar una incapacidad total o parcial para disfrutar de las cosas y de los acontecimientos de la vida cotidiana.” (Manual de Diagnóstico y Tratamiento de la Asociación Americana de Psicología) La depresión no es solamente sentirse triste por un momento. Cualquier persona que tenga sentimientos se ha sentido triste, ha llorado y ha estado sin ánimos. Es posible estar en este estado de tristeza por varias semanas e inclusive meses sin necesidad de que sea diagnosticado como depresión. (Pero de nuevo, yo no soy médico así que no puedo determinar cuánto debe prevalecer un estado de ánimos bajos antes de ser diagnosticado como depresión.) La depresión, como trastorno clínico, afecta todos los aspectos de la vida de la persona que vive con ella.2ypg5l3

Puedo decir que he vivido con depresión por varias décadas. Sin embargo, no fue hasta mis que fue joven adulto que me fue diagnosticada. Pero recuerdo que había en mi adolescencia muchas semanas y meses en que sentía una tristeza incontrolable, sin razón alguna de ser. Vivía en un completo estado de infelicidad a pesar de todas las cosas maravillosas que pasaban alrededor. Mi padre y mi madre siempre me apoyaban, me cuidaban, me ofrecían todo lo necesario para sobrevivir y tener éxito en la vida. Nunca hicieron nada para hacerme sentir inferior o hacerme sentir sin amor. Por el contrario, siempre proveyeron amor, respeto y empatía. Con esto quiero decir que la razón de mi tristeza no era por cuestiones de violencia, desamor, falta de respeto, u otras. Simplemente, la química de mi cerebro estaba en desbalance. Por lo tanto, el nivel de serotonina y dopamina – los aminoácidos que controlan el estado de ánimo en los seres humanos – estaban desbalanceados. Esta es la causa fisiológica de la depresión.

No quiero entrar en todos los detalles de lo que ha significado en mi vida el vivir con depresión. Solo quiero compartir algunas cosas que pueden ser importantes para este escrito en particular. Por ejemplo, puedo decir que desde que fui diagnosticado he podido entender el porqué de tantas acciones que he tomado en el pasado. Desde mi diagnóstico, he podido hacer cambios en mi vida – de dieta, de rutinas, y otros – que me han ayudado. Cuando mi depresión ha estado en momentos más fuertes, he tomado medicamentos bajo la supervisión de mi médico. Así, estos son algunas de las cosas que he aprendido sobre el vivir con este trastorno mental. También he aprendido que el vivir con un trastorno mental como la depresión no es “castigo divino”, no es “culpa” de nadie, no es algo que yo mismo “he buscado” y tantas otras falacias y mitos que tenemos en la cultura hispana.

Ahora, me gustaría tocar un punto muy importante sobre la depresión en mi vida. Esto es, soy miembro del clero. O sea, soy pastor. Existe entre las personas una percepción de quienes somos parte del clero que es muy dañina. Muchas personas piensan que el tener un llamado a esta profesión viene con una tarjeta divina de salir de cualquier cosa que otras personas sufran. Según la percepción popular, las personas del clero siempre están contentas, casi no enfrentan problemas, somos casi “super-humanos” para mucha gente. Pero esto no es así. Las personas que pertenecemos al clero somos nada más y nada menos que seres humanos. Nos da tristeza y alegría. Cometemos errores y tenemos logros. Pensamos en cosas feas y en cosas hermosas. Tenemos un color favorito y una comida que no nos gusta… En fin, que somos simples humanos que hemos seguido el llamado a ser líderes dentro de nuestras respectivas comunidades de fe. Pero igual que las personas al otro lado del púlpito sufren de enfermedades – de todas clases – a personas miembros del clero también nos diagnostican. Nos dan vómitos y fiebres. Vivimos con cáncer y con VIH. Tenemos migrañas y quebraduras de huesos. Así mismo, tenemos la posibilidad de padecer trastornos mentales de todo tipo. En mi caso, vivo con depresión y con desorden obsesivo-compulsivo (OCD, por sus muy conocidas siglas en inglés).

Es importante entender que las personas del clero no somos inmunes a padecer de depresión. Realmente, es una lucha constante el poder ofrecer apoyo a nuestras feligresías mientras al mismo tiempo buscamos apoyo para nosotras y nosotros. Sin embargo, entre las comunidades hispanas existe un reto mucho más grande. Esto es, el prejuicio rampante que existe entre nuestras comunidades contra los diagnósticos y tratamientos para las enfermedades mentales. Cuando un miembro del clero hispano tiene que buscar ayuda para sus trastornos mentales, lo más probable es que no tenga a nadie con quien compartir dicha lucha. Es posible que dentro de sí, la persona solo pueda ver el rechazo al que será expuesto si deja ver su vulnerabilidad entre su feligresía. También es posible que el liderato de su congregación tome medidas contra la persona, puesto que, como dije anteriormente, existe la percepción de que las enfermedades mentales son “castigo divino” o simplemente denotan una “falta de fe” en la divinidad.

Es por esto que quise compartir mi propia historia de vivir con depresión siendo parte del clero. La verdad es que, como ser humano, siento y padezco como cualquier otra persona. Así mismo, mi trastorno o enfermedad mental no me supone una desventaja para proveer apoyo espiritual a las personas a las que sirvo. Incluso, creo que yo que el vivir con depresión me ha ayudado a entender mejor otras personas que viven con enfermedades similares. El vivir con depresión me ayuda a tener más empatía con otras personas, en especial aquellas a las que sirvo. Por esto, es muy importante que dejemos a un lado los mitos sobre las enfermedades mentales, sus diagnósticos y sus tratamientos. Es imperativo, creo yo, que aceptemos que las personas miembros del clero somos humanos, creados y creadas igual que otras personas. Tenemos las mismas aspiraciones y los mismos retos.

Finalmente, es importante entender que necesitamos el apoyo de nuestras congregaciones tanto como la congregación necesita de nuestro apoyo. Esto no quiere decir que queremos que sientan lástima por nosotras y nosotros. Tampoco queremos que nos traten como niñas y niños sin protección. Lo importante, lo que pedimos de nuestras congregaciones, es que reconozcan nuestra naturaleza humana. Queremos apoyo y solidaridad. Queremos oraciones y entendimiento. Queremos que nos vean como seres humanos. No queremos burlas, ni críticas, ni dedos señalándonos como personas de poca fe. Queremos y necesitamos la comunidad a la que pertenecemos, porque sabemos que la divinidad nos ha puesto allí tanto para dar como para recibir bendición.

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La iglesia sodomita

En tiempos recientes no se usa mucho, pero en tiempos pasados era la norma. Aunque aún queda en la jerga legal el término “sodomía”, la verdad es que a la comunidad gay masculina no se le llama “sodomita” muy de seguido. Es de esperarse que ya no se le llame al hombre gay “sodomita”, puesto que la historia de Sodoma y Gomorra nada tiene que ver con la orientación sexual. Pero vamos, que me estoy adelantando a la discusión. La verdad es que la Iglesia – y hablo de la Iglesia con mayúscula, o sea, la comunidad religiosa sin importar su denominación – denuncia la orientación sexual no heterosexual como pecaminosa, sin darse cuenta que al hacerlo, se convierte, precisamente, en una Iglesia sodomita.

No quiero aburrir a mis lectoras y lectores con largas ponencias teológicas ni con apologías. Solo quiero señalar algunas cosas que, en su ceguera conservadora y fundamentalista, muchas personas ni se han dado cuenta. Lo gracioso es que son las mismas personas que gritan a los cuatro vientos que la Biblia es la palabra inerrante de Dios, que debem701070402_origos tomarla a la letra y que es necesario el creer cada palabra allí citada como inspirada sin error por el Espíritu Santo para alcanzar la vida eterna quienes no le han puesto atención a las historias de la Biblia ni a sus interpretaciones… ¡según aparecen en la Biblia misma! Así que aquí les va un poquito de iluminación, para ver si en algún momento se les prende el bombillo y deciden estudiar la Biblia de verdad.

Pues comencemos por el principio: la historia bíblica de Sodoma y Gomorra. La misma la encontramos en el libro de Génesis 18.16-19.38. En resumen, esto es lo que ocurre: Dios visita a Abraham y le indica que ha visto la maldad de las ciudades de Sodoma y Gomorra. Lot, el sobrino de Abraham, vive en Sodoma con su esposa y dos hijas. Abraham, preocupado por el bienestar de su sobrino y su familia, decide interceder por Lot. Dios promete a Abraham que si encuentra el mínimo de personas sin pecado en Sodoma y Gomorra, no destruirá las ciudades.

Cuando Dios miró de nuevo a las ciudades de Sodoma y Gomorra, la maldad era tal, que decidió destruirlas de todas maneras. Así que envió mensajeros a Lot y su familia para que abandonaran la ciudad y se salvaran. En el momento en que los visitantes llegan a la casa de Lot, el rumor pasa a oídos de la gente de Sodoma y Gomorra – o sea, los sodomitas y gomorritas – éstos salieron para intimidar a los visitantes.

Hay varias cosas importantes en la historia de Sodoma y Gomorra que los supuestos literalistas bíblicos prefieren no leer. También hay elementos en la historia que no pueden leerse fuera del contexto de las leyes levíticas bíblicas, algo que los literalistas – quienes dicen que hay que tomar TODA la Biblia de manera literal, que hay que prestarle atención a cada letra, cada palabra, cada oración – no hacen o no quieren hacer. Así que quisiera presentar mis argumentos para demostrar, de una vez y por todas, que los sodomitas (y gomorritas) de la modernidad son, en específico, quienes más condenan a las comunidades gay, lesbiana, bisexual y transgénero.

¿Por qué hago esto? Sencillo. Primero, porque es algo de lo que casi no se ha escrito en español. Existen miles de ensayos, libros y recursos en inglés sobre este tema, pero muy poco existe en español. Segundo, lo poco que existe en español, en su mayoría, son traducciones de los trabajos en inglés (u otras lenguas) por lo que no está escrito desde la realidad del pueblo hispanohablante. Tercero, porque es un tema que me toca personalmente como persona que profesa la fe cristiana, dentro de su forma protestante y de la tradición bautista. Además, finalmente, como hombre gay y miembro del clero, es importante para mí que temas como este se desarrollen puesto que, como dice la Biblia “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento…” (Oseas 4.6a) O, como nos recuerda de nuevo Dios en el libro de Isaías 5.13, “Por tanto, mi pueblo fue llevado cautivo, porque no tuvo conocimiento; y su gloria pereció de hambre, y su multitud se secó de sed.” Así que, con gusto comparto algo de conocimiento sobre la Biblia con quienes dicen haberla leído y seguir sus estatutos pero que dejan ver su ignorancia acerca del texto sagrado.

Ahora démosle una lectura seria al texto de la historia de Sodoma y Gomorra y lo que la misma Biblia dice sobre ella.

Aunque no pretendo dar una lectura completa, hermenéutica o apologética – o sea, esto no es un ensayo teológico, sino un corto ensayo expositivo – quiero hacer referencias a algunos puntos que los literalistas prefieren obviar cuando leen la historia de Sodoma y Gomorra.

Primero, tenemos que tener en cuenta las costumbres semíticas con respecto a la hospitalidad. Viviendo en lugares desiertos, donde la vida de cualquier persona corre peligro ya sea por la falta de agua, por el calor o por los animales y plantas venenosas del desierto, el mostrar hospitalidad es sumamente importante en la cultura semítica. La Biblia contiene leyes bien específicas acerca de cómo tratar a los extranjeros y las extranjeras que viven entre el pueblo hebreo. Una mirada rápida al Pentateuco nos ofrece una clara evidencia de la forma en que Dios le pide al pueblo que trate a personas extranjeras que vivan o visiten entre el pueblo de Israel. Y, como a los literalistas les gusta mucho el arrojar versículos bíblicos a diestra y siniestra, aquí les tengo algunos con respecto a las leyes de hospitalidad: Éxodo 12.49; 22.21; 23.9; Levítico 19.10, 33-34; 23.22; 24.22; 25.6, 23, 35, 47; Números 9.14; 15.14-16, 26, 29; Deuteronomio 1.16; 10.18-19; 14.29; 16.11, 14; 23.7; 24.14, 17, 19-21, 26.11-13; 27.19. Aunque estas leyes fueron codificadas mucho después de los sucesos de Sodoma y Gomorra, nos ofrecen una visión de lo importante que era – y es – para Dios el proteger a quienes son extranjeros en tierras extrañas.

Cuando los visitantes llegaron a casa de la familia de Lot, el pueblo de Sodoma salió de manera violenta a recibir a los extranjeros. Ciertamente, el pueblo de Sodoma (y de Gomorra) no era parte de quienes llegaría a ser el pueblo de Israel, pero entre ellos vivía Lot y su familia, que, por acción del pacto de Dios con Abraham y Sarah, eran parte del pueblo que Dios escogió para revelarse a sí mismo.

Segundo – y aquí lo más importante de la historia – es que las referencias bíblicas con respecto al pecado de Sodoma y Gomorra es contundente. ¡Nada que ver con homosexualidad! Sí, hay pecado de inmoralidad sexual, pero no es el que los literalistas quieren imponer al texto. ¡El pecado de inmoralidad sexual lo comete Lot! ¿Cómo? Pues así mismo como lee. El pecado de inmoralidad sexual lo comete Lot al ofrecer sus propias hijas a la multitud para que las violen. ¿No han leído esto los literalistas en la historia? Pues le cito, según Génesis 19.6-8: “Entonces Lot salió a ellos a la puerta, y cerró la puerta tras sí, y dijo: ‘Os ruego, hermanos míos, que no hagáis tal maldad. He aquí ahora yo tengo dos hijas que no han conocido varón; os las sacaré fuera, y haced de ellas como bien os pareciere; solamente que a estos varones no hagáis nada, pues que vinieron a la sombra de mi tejado.’” En ningún momento se nos dice cuál era la intención de la multitud con respecto a los ángeles que vinieron a visitar a Lot. La verdad es que no sabemos si la intención era de violarles, de pegarles o de maltratarles; pero de todas maneras, podemos inferir que la intención no era tratarles bien, sino humillarles. Entonces Lot, en se desesperación de que sus huéspedes no sean maltratados, ¡ofrece a sus propias hijas para que sean maltratadas! ¿Cuántos literalistas hablan acerca de estas acciones de Lot? Ninguno. O por lo menos, no he escuchado a ningún literalista condenar a Lot.

Ahora, veamos lo que la misma Biblia nos dice que es el pecado de Sodoma y de su hermana Gomorra… (Si quieren, aquí pueden escuchar los tambores… porque es una de esas revelaciones que, como dicen en mi país, “se cae de la mata”, pero que nadie lee.) Según Ezequiel 16.49-50, Dios mismo nos dice que esta fue la maldad de Sodoma: “He aquí que esta fue la maldad de Sodoma tu hermana: soberbia, saciedad de pan, y abundancia de ociosidad tuvieron ella y sus hijas; y no fortaleció la mano del afligido y del menesteroso. Y se llenaron de soberbia, e hicieron abominación delante de mí, y cuando lo vi las quité.” Les cito los pecados: soberbia, saciedad de pan, abundancia de ociosidad, no fortalecer la mano del afligido y el menesteroso y abominación. (Y aquí, recordemos que “abominación”, según la Biblia, puede ser cualquier cosa desde no limpiarse correctamente, según Levítico 7.21 hasta adorar ídolos según Deuteronomio 7.25).

Es interesante que en una de las instancias en que Jesús utiliza el ejemplo de Sodoma y Gomorra según lo leemos en Marcos 6.7-13, es en el contexto de que sus seguidores no sean recibidos de buena manera en tierras extranjeras. O sea, ¡que el mismo Jesús sabía que el pecado de Sodoma y Gomorra fue la inhospitalidad!

Como dije al principio, este no es un ensayo teológico hermenéutico o apologético, solamente un ensayo expositivo para dejarle saber a los literalistas lo alejados que están sobre la lectura del texto. Así que, entendiendo que podríamos escribir muchos otros ensayos sobre el tema, me adelanto a compartir algunas conclusiones con mis lectoras y lectores.

Entre las conclusiones a las que he llegado al prestarle atención al texto están las siguientes:

  1. La iglesia cristiana contemporánea, en especial la mayoría de las comunidades evangélicas y fundamentalistas, son el vivo ejemplo de sodomía. En ellas no se permiten personas ajenas a su grey (extranjeros y extranjeras). Las mismas no comparten la mesa con quien viene en busca de pan y vino (muchas mantienen la mesa de comunión cerrada, vetada a quienes no sean parte de las congregaciones o denominaciones particulares). Muchas de estas comunidades son soberbias, predicando que ellas, y solo ellas, tienen la verdad inalienable de Dios. Además, practican la abominación de idolatría, al poner a la Biblia – una creación humana – por encima de Dios, de la revelación de Dios en Jesucristo y de la dirección del Espíritu Santo, quien es responsable de “guiarnos a toda verdad” según nos dice Jesús en Juan 16.13.
  2. La iglesia cristiana contemporánea – otra vez, en especial las comunidades evangélicas y fundamentalistas – no son literalistas. Sus líderes y miembros NO toman la Biblia de manera literal. Por el contrario, estas comunidades leen sus propios prejuicios en cada historia bíblica, sin prestar atención a la dirección del Espíritu Santo ni de la historia del pueblo que nos dio las Sagradas Escrituras. De hecho, no hay tal cosa como “interpretación literal” de ningún texto. Toda persona que lee, lo hace desde una realidad histórica, social, religiosa, económica, familiar, geográfica y tantas circunstancias que nos hacen seres humanos.
  3. La iglesia cristiana contemporánea es hipócrita, pues utiliza sus propias bíblicas para imponer sus creencias sobre otras personas, en vez de permitir que sea Dios, a través del Espíritu Santo, quien dirija a los individuos a una lectura bíblica que nos acerque a Dios.
  4. Finalmente, la iglesia cristiana contemporánea, en especial las comunidades evangélicas y fundamentalistas, al tratar de imponer sus propias lecturas al texto bíblico, no dejar que el Espíritu sea quien les dirija y querer añadir y quitar cosas del texto de manera indiscriminada, están cometiendo el pecado que tanto aborrecen: quitar y añadir a la Biblia. Como nos dicen las Sagradas Escrituras, en Deuteronomio 12.32: “Cuidarás de hacer todo lo que yo te mando; no añadirás a ello, ni de ello quitarás.” Y luego nos repite en Apocalipsis 22.19: “Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro.” Así que, ¿qué esperan estas comunidades para arrepentirse, para mirar de nuevo a Dios y pedir perdón por sus pecados de sodomía e idolatría y reconciliarse con el Creador? Les insto a reconsiderar sus caminos sodomitas pecaminosos y abrir las puertas de sus iglesias y de sus corazones a recibir a toda la creación de Dios (Romanos 8.22-23), y de esta manera cumplir el sueño de Dios de crear un cielo nuevo y una tierra nueva donde “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.” (Apocalipsis 21.2)

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Las mantillas evangélicas

IMG_3419En mis años de infancia, cuando visitaba de vez en cuando la parroquia de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa en Castañer, Puerto Rico, veía una que otra viejita usando mantilla. Las mantillas son esos velos que cubren la cabeza de las mujeres católicas devotas. Por lo general son negras. Las mantillas eran utilizadas mucho en los años antes del Concilio Vaticano II. Pero luego de éste Concilio, la Iglesia Católica decidió que no era necesario el que las mujeres utilizaran mantillas en la iglesia. Así que el uso de mantillas se ha mantenido solamente entre las viejitas que todavía se aferran a la tradición y a los grupos Católicos ultra-ortodoxos.

Bueno, eso era lo que creía yo, hasta que visité El Salvador hace unas semanas. Resulta que caminando por las calles de San Salvador – y en muchos otros lugares que visité en el país – me encontré con mujeres de todas las edades vistiendo mantillas. Todas llevaban mantillas blancas. Elaboradas con perlitas de mentira y bordadas con hilo fino blanco. Me pareció interesante ver tanta mujer católica aferrada a su tradición, así que le pregunté a mi amigo el porqué de tal devoción.

“¡Esas no son mujeres católicas! Quienes llevan esas mantillas son evangélicas.” Eso me dijo mi amigo. Me quedé estupefacto. ¡Mujeres evangélicas vistiendo mantillas! Yo había sido testigo de mujeres de grupos evangélicos judaizantes utilizar mantillas (en Puerto Rico, la Congregación de Yahweh es una de estas iglesias), pero nunca en público. Por  lo general, el uso de mantillas es exclusivo para el culto privado. Después de todo, aun si leemos al Apóstol Pablo literalmente en 1 Corintios 11:1-16 éste hace referencia al uso del velo por la mujer solamente en el contexto del culto.

Lo interesante de ver tanta mujer en El Salvador con velo/mantilla es que me recordó cuán similares somos a pesar de nuestras diferencias. De seguro que si les preguntara a esas mujeres evangélicas qué piensas de sus hermanas católicas, nos dirán que las católicas están mal. Criticarán su fe y su forma de expresar el cristianismo. Así mismo, las mujeres católicas quizás critiquen o no entiendan a las mujeres evangélicas. Pero interesantemente, las mujeres evangélicas son herederas de una costumbre católica romana. La han adoptado y adaptado para sí. De hecho, a quien siguen e imitan es a la misma María de Nazaret, cuya imagen siempre lleva velo/mantilla, pero cuya imagen es tan rechazada por las mismas mujeres que siguen su ejemplo.

Seguimos teniendo divisiones por cosas que no deben dividirnos. Seguimos construyendo muros que nos separan aun cuando somos similares. Seguimos rechazando otras personas porque no comprendemos el porqué de sus costumbres… Así somos… Ojalá que un día estas hermanitas evangélicas se den cuenta que sus mantillas no son suyas, las heredaron de sus hermanas católicas romanas y de María la Madre de Jesús.

 

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El Peligro de la Educación

(NOTA: Este es un artículo extenso, como respuesta a los discursos públicos en Puerto Rico con respecto a las leyes propuestas que protegerían a las comunidades LGBT de la Isla. Por favor, tomen el tiempo para leerlo, no lo lean a prisa. Es un ensayo socio-teológico, no solamente un artículo de opinión.)

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Cuando entré en la adolescencia comencé a sentir un dolor horrible en mi rodilla derecha. La verdad es que no había razón para ello. Nunca he sido deportista. No me había lastimado. Sólo me dolía la rodilla. Preocupada, mi madre me llevó a la pediatra. Después da varios exámenes, la pediatra llegó con su diagnóstico. “Mayi,” le dice la pediatra a mi mamá, “lo que tu hijo tiene no es nada grave. Es solo que está creciendo. Esos dolores son normales. Es parte del proceso de crecimiento.”

Nunca me voy a olvidar de este incidente. De hecho, en más de una ocasión esta historia me ha servido para mis sermones. El proceso de crecimiento duele. Crecer implica cambios y transformaciones que en ocasiones pueden ser dolorosas. Algo así es lo que pasa con el proceso de educación.  Si se toma en serio, la educación no es algo de un solo día. La educación es – o debería ser – un proceso de aprendizaje continuo que, de una manera u otra, conlleva transformación y por ende, un poco de dolor e incomodidad. He ahí donde está el peligro de la educación…

Debo aclarar que “educación” e “instrucción”, aunque pueden utilizarse coloquialmente como sinónimos, no lo son. La instrucción es una forma de enseñanza en la cual se adiestra para un propósito en particular. Por ejemplo, podemos obtener instrucción de cómo armar un aparato electrónico. Para armar dicho aparato, no necesitamos saber el porqué, solo necesitamos el dónde van las piezas y ponerlas en su lugar. Una persona instruida sabe crear algo. La instrucción es muy importante en el campo laboral, puesto que nos ayuda a llevar a cabo nuestras tareas y producir resultados. De hecho, toda disciplina requiere de instrucción.

Pero la educación es más que instrucción. La educación es un conjunto de conocimientos que nos permiten interactuar en la sociedad. La educación no solamente instruye a un individuo a llevar a cabo una tarea sino que nos ayuda a entender el contexto en el cual esta tarea se lleva a cabo.

Les comparto dos ejemplos de cómo la instrucción y la educación van de la mano pero son diferentes.

Digamos que una ingeniera civil quiere hacer un puente que cruce de un lado del río al otro. La ingeniera tiene la capacidad de diseñar el puente. También puede ella determinar los materiales a utilizarse, los procedimientos necesarios y las dimensiones del proyecto. Su instrucción le permite hacer todo esto. Pero digamos que esta ingeniera no tuvo educación, solo tuvo instrucción. ¿Para qué es bueno ese puente? ¿Sólo para pasar de un lado al otro? ¿Cuál es la razón por la cual se quieran conectar un lado del río al otro? ¿Qué beneficios traerá este puente?

En su educación – probablemente universitaria – esta ingeniera fue expuesta a una educación comprensiva. Durante sus años de estudio, ella tomó cursos no solamente de diseño y materiales, sino que tomó cursos de economía y sociología, de historia y de redacción.

Podrás preguntarte – como se preguntaban muchos/as de mis compañeros/as de estudio – el porqué es importante tener todos esos “cursos irrelevantes” en el currículo universitario. Pues vayamos de regreso a las preguntas que cito arriba. ¿Por qué hacer el puente? Puede ser que hayan razones económicas: un lado del río tiene las fábricas mientras el otro tiene las tiendas que venden los productos. Esto es economía, no ingeniería ni química. ¿Dónde hacer el puente? Pues en el lugar más accesible para la población (demografía), pero suficientemente apartado como para no disturbar las sociedades expuestas al mismo (sociología) ni el medio ambiente (ecología). ¿Por qué hacerlo hoy y no esperar unos años? Porque el movimiento de personas al área lo requiere (historia). ¿Habrá dinero para construirlo? Pues una buena presentación a las compañías inversionistas (redacción) podría convencerles de que es necesario (retórica).

En fin, que la educación comprensiva a la que la ingeniera se haya expuesto le dará las herramientas para llevar a cabo su labor.

Ahora, permítanme compartir otro ejemplo más personal.

Mi profesión es el ministerio. O, en español sencillo, soy pastor de iglesia. Contrario a lo que muchas personas piensan, el pastor o la pastora no es – o no debería ser, como muchas personas que hay por ahí – un títere de Dios. Si bien es cierto que para quienes practicamos el ministerio “el llamado” es importante – o sea, nuestro sentido de que la Divinidad nos ha extendido una invitación al ministerio – también es cierto que es necesario obtener una educación comprensiva para ser un ministro o una ministra efectiva.

O sea, podemos tener una buena instrucción de cómo predicar. Pero eso es solo uno de muchos aspectos del ministerio. Un pastor o una pastora educada, también entenderá la historia de la fe (historia y humanidades), el contexto sociológico en el cual los textos sagrados fueron escritos (sociología y antropología), las características de la congregación a la que sirve (antropología, economía y demografía), etcétera. Pero también debe el ministro o la ministra tener conocimiento de la sicología y la biología – ¿está una persona con depresión porque perdió un ser querido o lo está porque tiene una condición de desequilibrio hormonal o de problemas químicos de los neurotransmisores dentro del cerebro? Además, tenemos que tener en cuenta aspectos económicos y financieros (¿cuánto se puede hacer con los recursos que contamos?) ¡Y todo esto es solo el comienzo!

Una educación comprensiva, contrario a una instrucción, lleva a tomar todo lo que tenemos alrededor en consideración. Pero además, la educación comprensiva trae consigo el “peligro” de que tengamos que cambiar de parecer de acuerdo a los datos nuevos que nos lleguen. O sea, que cuando se presentan nuevas alternativas, o se presentan nuevas realidades, debemos aceptarlos y utilizar los mismos para tomar nuevas decisiones. Hay ocasiones en que estas decisiones serán diferentes a las que en un momento pensamos que eran las únicas que debían tomarse. Esto, por supuesto, trae consigo el “peligro” de transformación, de cambio, de dejar atrás las cosas que conocemos y que nos hacen sentir cómodos para poder movernos hacia adelante.

En días recientes el debate público en Puerto Rico ha traído a la luz el peligro de la educación. Pero aun más, este debate ha demostrado que muchas personas que se autoproclaman “líderes” – ya sean políticos, comunitarios o religiosos – no tienen el deseo de exponerse a una educación. De hecho, ellos y ellas parecen estar conformes con su instrucción y han tomado la decisión de dejar de crecer como individuos y como miembros productivos de la sociedad. Prefieren, estos “líderes”, mantenerse enajenados y enajenadas de los datos y las nuevas realidades que el resto de la sociedad vive.

Lo más desafortunado es que, junto a sus posiciones erróneas, han tratado de arrastrar a una masa de personas que también han tomado la decisión de dejar de aprender. Y no digo que esta masa sea la mayoría. No lo creo. De hecho, sé – porque he sido parte de la facultad de una universidad en la Isla – que hay muchas personas que atesoran la educación y que la saben importante dentro de su necesidad de instrucción para ejercer diferentes profesiones.

Ahora, les comparto algunos datos específicos de las ridículas ocurrencias que han pasado durante los debates públicos en Puerto Rico.

Comencemos con la falta de educación de la legisladora que llamó – y sigue llamando – “orientación sexual” a la pedofilia y al bestialismo. Esta legisladora aprendió a ejercer una profesión (se instruyó), en su caso, la abogacía. Como no conozco su record con respecto a su profesión, digamos que es buena abogada. Digamos que representó a sus clientes de manera justa y profesional. Digamos que ganó varios casos y que perdió otros, como cualquier otra persona ejerciendo su profesión. Su instrucción le ayudó a ejercer la abogacía y hasta le ofreció herramientas para convencer al pueblo de que era la mejor candidata para ocupar un puesto público. Desafortunadamente, a esta legisladora no le interesa la educación. Como la educación implica transformación y por ende, un proceso de dolor al dejar atrás creencias, mitos, prejuicios y mores que han estado integrados a nuestra psiquis cultural, la legisladora ha preferido ignorar los datos, las realidades y los argumentos que se le han presentado tratando de corregir sus errores. No ha podido la legisladora reconocer su error y APRENDER, exponerse a una transformación y a un crecimiento. Así que sigue ella en su ignorancia y haciéndose la víctima.

¿Qué se puede hacer con un caso como el de esta legisladora y de otros y otras personas que pertenecen a la élite política del país? En su caso, esperar unos años para presentarla de nuevo ante las masas educadas de los y las votantes.

El segundo caso es más peligroso. Este es el caso de una señora que se autoproclamó “apóstol” y que dirige una congregación bastante grande en la Isla. Digo que este caso es más peligroso por varias razones. Primero, como pastor y teólogo, veo crasos errores teológicos en las enseñanzas de esta señora. Segundo, porque esta señora no tiene educación teológica ni entrenamiento profesional, por lo que ha estado poniendo en peligro la salud emocional y espiritual de miles de personas que han pasado por su congregación. Tercero, porque esta señora ha estado teniendo un protagonismo tremendo y controlando los medios de comunicación, dando una perspectiva errónea de quienes nos dedicamos al ministerio y de quienes hacemos teología, no sin señalar el daño que le hace al pueblo al no querer reconocer sus errores.

Cualquier persona puede ser entrenada (instruida) para predicar. Esto es fácil. Pero no toda persona tiene el deseo de aprender y educarse en el ministerio. No quiero entrar en muchos detalles porque ya este ensayo está suficientemente largo. Pero les dejo con varias observaciones teológicas que desmienten las posiciones de la señora que se autoproclama “apóstol”.

¿Puede alguien proclamarse “apóstol” hoy día? Según las Escrituras Cristianas – las mismas que esta señora demuestra que no ha leído – la respuesta es un rotundo NO.

¿Cuáles, pues, son los requisitos para ser apóstol? Pues son tres. Primero, haber estado con Jesús durante su ministerio y haber sido testigo de su resurrección (Hechos 1.12-26 y 1 Corintios 9.1) Y le cito esta parte de la Biblia Reina-Valera 1960 que esta señora dice que vino directa del cielo – “Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección.” (Hechos 1.21-22, esto ocurre cuando los Apóstoles se reunieron para escoger el sucesor de Judas Iscariote.) Segundo, un apóstol debe haber sido llamado o llamada directamente por Jesús u por el Espíritu Santo para tal trabajo (Mateo 10:1-15; Marcos 3:13-19; Lucas 6:12-16; Juan 20.1-18 [este es el llamado y la encomienda a María Magdalena, quien también fue apóstol en todo el sentido de la palabra]; Hechos 1:12-26; 9:1-19; 22:6-21; 26:12-23). Finalmente, los y las apóstoles tenían el poder de hacer milagros (Macos 3:15; 16:17-20; Lucas 9:1-2; Juan 14:12,26; 15:24-27; 16:13; Hechos 2:43; 4:29-31,33; 5:12,15-16; 6:6; 8:14-18; 19:6; 2 Timoteo 1:6; Romanos 1:11; Hebreos 2:3-4). Esta lista de versículos que hablan tan claramente de las características de un apóstol nos da la certeza de que la señora que se ha autoproclamado “apóstol” nunca ha abierto la Biblia para leerla.

Tenemos que tener en cuenta que el poder de hacer milagros es concedido a TODA persona creyente, no solamente a los y las apóstoles. Sin embargo, las tres características tienen que estar unidas para poder determinar si una persona es en realidad “apóstol” en el sentido bíblico de la palabra. Si no es así, entonces debemos hacer lo que la misma Biblia nos enseña, “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.” (1 Juan 4.11) Cuando tomo todo en consideración, la única conclusión a la que puedo llegar con respecto a esta señora es que es una falsa profetiza. Desafortunadamente, como dice la Biblia, “son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo.” (Mateo 15.14)

En fin, que tanto la legisladora como la señora autoproclamada “apóstol” han sido instruidas, pero su temor a la transformación y al crecimiento como personas le han impedido educarse. Ese es el peligro de la educación: que duele, que hace que nos sintamos incómodos, que nos toca en lo más profundo y no nos deja iguales… En fin, que si queremos crecer como personas, tenemos que exponernos a los peligros de la educación. De otra manera, solo somos “metal que resuena, o címbalo que retiñe” (1 Corintios 13.1) pero completamente huecos.

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