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Después del Huracán

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Mi abuela Margot y mi abuelo Quino vivían justo frente al Río Guayo. El puente que une a la municipalidad de Adjuntas con la municipalidad de Lares está justo frente al que fuera su hogar. Era en este río en el que nos bañábamos en el verano. Cuando pasaba el huracán, era en este río donde nos hacíamos más familia y más comunidad.

Dice el dicho que después de la tormenta, viene la calma. Esto es quizás así; pero después de la tormenta también vienen los desafíos de cómo vivir sin las necesidades básicas a las que nos hemos acostumbrado. Después de la tormenta también vienen los días sin luz, sin agua, con comida limitada… vienen los días largos sin saber cuánto tiempo será antes de que la vida vuelva a la normalidad. Después de la tormenta viene el resuelve, como le llamamos en mi pueblo.

No es secreto que cada vez que hace un viento fuerte, la frágil infraestructura de Puerto Rico sufre. En mi barrio, digo yo que cada vez que alguien destornuda duro, la luz se va. El agua potable también es un reto. Esa viene cada dos días; a veces un poco menos seguida. Prácticamente casa cuenta con sus tanques de agua para recolectarla cuando está disponible y así mantener el suministro cuando se vuelva a ir. Cuando chiquito, teníamos acceso a una quebrada de la cual sacábamos agua para tomar. El agua para uso diario la traíamos también de allí, pero por tubos y con bomba que mi papá instaló. Había conexión al sistema de la AAA , pero no dependíamos de ella para abastecernos de agua.

Recuerdo que después de los huracanes, cuando tanto la luz como el agua se iban por semanas, trasladábamos algunas de nuestras rutinas diarias al Río Guayo. Allí, debajo del puente que une a Adjuntas con Lares, un grupo de mujeres – la mayoría de mi familia – sacaba barras de jabones, paletas, cestos y tablas para lavar ropa. Sentadas en piedras o en banquitos que sus maridos le hacían, las mujeres comenzaban a lavar las ropas de sus familias. Con cada estrujada de ropa, con cada movimiento de limpieza, comenzaban los chistes, las carcajadas, las noticias del día y los chismes de barrio. Con cada pieza lavada, se enteraba uno de los planes para las comidas comunitarias de más tarde, de las posibilidades de que la luz y el agua llegaran más tarde de lo esperado, o de dónde ya estaban vendiendo pan caliente…

La niñez recorría el puente y nos tirábamos al río. Las madres nos gritaban que nos quedáramos quietos porque algo nos podía pasar. Algún niño o alguna niña, siempre, nos arruinaba el día cayéndose entre las piedras y abriéndose alguna herida. En ese momento se paraban todas las actividades para darle consuelo primero y un buen regaño después – o quizás era al revés, no recuerdo – al niño o la niña lastimada.

Los maridos, mientras las mujeres limpiaban las ropas, se iban a seguir limpiando los caminos. Vivir en el campo significa dos cosas: siempre hay mucho árbol en la carretera cuando pasa una tormenta, y los caminos no han sido construidos de la mejor manera así que siempre estarán en necesidad de reparación. Recuerdo que mi papá se llevaba la guagua pick-up, su machete, su sierra y cualquier otra herramienta que fuera útil, coordinaba con otros y se iban por caminos que sabían que los gobiernos municipales y estatales no les darían atención. Así era como comenzaban a ayudar a que los vecinos se conectaran. Después del huracán, la comunidad se juntaba para levantarse.

En algún momento del día, cuando ya las ropas estaban limpias, se reunían las mujeres para cocinar. Las ollas eran de tamaño enorme, como para alimentar a un ejército. Se cocinaba lo que hubiese: arroz, habichuelas, gandules, bruquenas del río, chopas del lago, pollos, puerco, guineos, ñames, yahutía, malanga, chayotes, plátanos, huevos… En fin, lo que hubiese por allí se hacía de comida para todos y todas. Después de la comida salían las sillas y las mesas, el juego de dominó estaba listo. Esta era la parte favorita de mi abuela paterna: el juego de dominó. No había en todo Castañer una persona más fanática del dominó que mi abuela Margot. Sus hijos e hijas le temían en la mesa. Ninguna o ninguno la querían tener como pareja de juego, porque si perdías la mano de dominó, ella te desheredaba. ¡Doña Margot no jugaba con su dominó! Abuela gritaba, se emocionaba, se vivía el juego desde el comienzo. Verla jugar dominó con una estrategia nítida, desarrollada por años de devoción a su juego favorito, era toda una experiencia.

Para mí, de niño, el tiempo después del huracán era más como una película de acción y de aventura. Era el tiempo en que la familia y la comunidad se unían. Era el tiempo de jugar debajo del puente del Río Guayo y comer en familia. Era el tiempo de ver las estrellas en el cielo al final del día, cuando se abría el firmamento y se iluminaba el cielo raso con un millón de estrellitas que nos recordaban tanto la fuerza de la naturaleza como el tesón de un pueblo que se levanta su dolor para alcanzarlas.

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How Mary of Nazareth Helped Me Regain My Faith

“Caridad, Guadalupe, and novenas are not part

of my more immediate tradition.

Yet they are part of my culture.

Does that mean that,

like my native ancestors five centuries ago

when faced by the initial Catholic ‘evangelization,’

I must renounce my cultural heritage

in order to affirm my Christianity?

I do not believe so.”

Dr. Justo González, theologian

 

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Original icon of Our Lady of Guadalupe in Ponce, Puerto Rico. This icon came from the town of Guadalupe, Spain, and has been venerated in the Island for years before the Mexican manifestation of the Virgin of Guadalupe was revealed. 

The Mother of God. The Queen of Angels. The Star of the Seas. Help of the Afflicted. Mystical Rose. Refuge of Sinners. All these and more are devotional titles for Mary, the mother of Jesus of Nazareth. She is not very prominent in the gospel stories, and is very much absent from the rest of the New Testament writings. Yet, for millions of Christians around the world, Mary of Nazareth is a central figure in their spiritual lives. Her image is present in the iconography of Roman Catholic, Eastern Orthodox, Ethiopian Orthodox, Anglican, Coptic and many other Christian traditions. Her image is even utilized by syncretic traditions such as Santería, Candomblé and sometimes Folkloric Spiritism. However, for those of us who grew up mainline Protestants – especially those of us who grew up in Africa, Asia or Latin America – the mere thought of having an image of the Virgin Mother was cringe-worthy.

My religious background is a bit confusing. I often say, for simplicity’s sake, that I grew up Protestant. But, like everything in life, the reality is a bit more complicated. My father was raised in the Northern Baptist Convention (now the American Baptist Churches, USA). My mother, on the other hand, was raised in the Kardesian Spiritist household[1]. Although, by the time that my sister and I were born neither one of our parents were practicing their respective faith traditions. By default, we were “Christians”, but no last-name was attached to it. However, there is something that has followed me since my birth.

I was born a few days after the due date. Usually this is not that big of a concern. However, in my case, when I was born I could not breath and the doctors weren’t sure if I was going to survive. As my mother tells the story, she was eagerly awaiting to welcome her firstborn, but the nurses kept mumbling and didn’t bring the kid to her. After several hours, the doctor approached my mom to let her know that I was in critical condition and they could not bring me to her side. Her first glimpse of my face was through the glass window of the maternity ward in the hospital. In addition, she became ill with a cold, and due to my delicate state, she was discharged without even being able to hold me while the doctors kept me in the hospital for almost a month. When I was discharged and due to my mom’s illness, the doctor indicated not to nurse me as I was still too frail to be exposed to any possible infection. While I was in the hospital my mom did what many parents in religious countries would do: she brought my first pair of shoes – the ones that I had never had the chance to wear – to be deposited at the feet of the Blessed Virgin Mary. This took place at the Shrine of the Virgin of the Rosary in the town of Sabana Grande in Puerto Rico. There, my mom asked the Blessed Mother to look after her firstborn and, as many mothers both from the Bible and beyond have done, she promised God and the Virgin that I would be their servant forever.

I kind of “blame” my mother’s actions for the fact that I am an ordained minister today. Without my consent, she already made the decision for me. But that’s something for another time.

Often times my parents would send me – who was always very interested in spiritual matters and in religion in general – to the Roman Catholic Church in my hometown, the parish of Our Lady of the Miraculous Medal in Castañer, Puerto Rico. Often times, these visits to Sunday Mass were with our neighbors as my parents would not necessarily come with us. I do have some memories of these visits. I also remember visiting my maternal grandfather’s séance on Sunday afternoons and seeing my grandpa lead the community in worship as their Medium. Every now and then we would also visit a home prayer meeting at my paternal grandparents’ home with the Baptist community. And thus, my religious upbringing had a little bit of three “flavors” of experiencing Christianity: Roman Catholic, Protestant and syncretic.

Around age 10 or 11 and after having been invited to a Vacation Bible School at the Baptist congregation in my neighborhood of Yahuecas in Adjuntas, Puerto Rico, I started to regularly attend Sunday services with my sister. This went on for some time until my mom started coming with us and eventually my dad joined us. Later, the whole family was involved in the life of the church and we were all baptized (or in the case of my dad, re-baptized) in that congregation.

Upon my entering in the Baptist tradition, I learned about the Protestant’s rejection of images, idols and icons for worship. I was taught to reject these as useless items that distracted us from worshiping the true God who is neither wood nor plaster but Spirit. I was taught to memorize every Bible verse that warned against the use of idols or images or anything similar in worship. Moreover, I was taught that those who used idols in worship were really worshiping the Devil, without even knowing it. What I learned was that they were kneeling before idols and not before the true God as it was instructed in Scriptures.

Fast-forward several years. I have entered seminary with the intention of pursuing ordination in a mainline Protestant tradition. Although I was not quite sure whether that tradition would be the one in which I grew up, the American Baptist denomination.

Before seminary, a friend who had served as a Presbyterian minister and was now entering the Episcopal Church, introduced me to the wonders of the liturgical world. For the first time, I had the chance to actually understand the history, the meaning, the power of images and icons and movements and sounds and smells in the life of the Church. In addition, while in seminary, I met another friend from the Roman Catholic tradition. During a conversation with him I asked why he, being so progressive in his theology, was still so tied to the Roman Catholic Church. His response moved me. He said: “One of the things that keeps me in the Church is the thought that, for generations, and even today, at every single time of the day, there is a community reciting the same prayers, making the same gestures, saying the same words that I will say when I enter Mass. We are united in prayer; not only in our daily lives and with the people from our parish, but with our sisters and brothers from around the world, and with the saints that came before us and the saints that will come after us.” That statement made me change my understanding of liturgy forever.

But, there was still the fact that I grew up believing that icons and images were contrary to God’s wish for us. All these experiences and so much contradiction made me come to what I thought would be a final conclusion: there is no god. I started thinking of myself as an atheist. Sure, one that was trained in theology and who served the Church, but an atheist nonetheless.

Some time passed. I continued to struggle with my faith and with the idea of God. I went back to wise words that had been shared with me about my faith needed to be mine and not the one I had inherited from others. I read again some of the theological classics and other contemporary writings. I continued my discernment and my journey, without knowing where it would take me, but sure that I was in this wilderness because there was something, or someone, waiting for me.

My return to the faith happened thanks to Mary. Or rather, thanks to María.

In the Latino culture, María, José, Juan, Jesús are common names. (In fact, my given name is Juan!) As I became more and more involved in activism on behalf of my Latino community and as I traveled throughout Latin America sharing time with communities in both rural and urban areas, I started to notice the faces of my people. I notices the Marías, and the Juans, and the Jesúses, and the Josés… Then, I noticed the face of God in María. Often a single mother. Often poor. Perhaps a tortilla vendor or a farmer. Sometimes a beggar on the streets. Other times she was carrying her grandkids as her own children had left for El Norte in search of a better life for those they left behind. Back home in the USA, I say her carrying signs and marching for the rights of the undocumented community. I noticed her carrying her children and cooking me a meal while I visited with them. I noticed María fighting to get access to education while holding two or three part-time jobs to support her parents who barely spoke English. I started noticing María everywhere.

I went back to some of my books. There, I read about how La Virgen Morena, Our Lady of Guadalupe, had returned their humanity to a whole indigenous community in the hills of Tepeyac. There she was, dark-skinned like the indigenous man I had fallen in love with. She was on the banners of those who fought for liberation and freedom. She had welcomed the throngs of immigrants who desperately crossed more than one border to get here. She had welcomed them with open arms in churches and shelters throughout their journey. La Virgen had walked with these people, my people, and had never left them – us – alone. In this journey of doubt and rejection of faith that I had, she was also there, just patiently waiting for me.

Two experiences had transformed my faith thanks to an encounter with La Virgen. The first one was when I stood in front of the altar to Nuestra Señora de la Caridad del Cobre (Our Lady of Charity) in El Cobre, Cuba. There she was, carrying the baby Jesus on her arms, assuring him that all will be well. Her yellow dress reminding the many pilgrims that approach her altar that she was also the embodiment of Ochún, the Yoruba Orisha that traveled with the African slaves to the Américas. I was there, standing in awe before that powerful woman who never left her children alone as they were made to cross the ocean to be enslaved and stripped of their humanity. She journeyed with them and there she was, still standing proud and valiant.

The second experience was when I stood in front of Nuestra Señora de Guadalupe in her shrine in México. I stood in awe, as I saw the dark-skinned, pregnant, indigenous Virgen welcoming us. She looked at us. She saw us. She knew us. There she was, blessing our relationship and our bond of love. I, the descendant of oppressors who massacred the children of the Morenita, standing next to one of her children, dark-skinned and indigenous, like her. She smiled at us. She forgave me. She welcomed me. La Morenita let me know that I, too, was one of her children.

I continue having doubts, of course. I also continue searching for answers that may never come. But at the end, I know that in my wilderness, Our Mother was waiting for me to come home. As I look at the Mother of God, I want to believe that, if such a loving, powerful, inspiring, courageous woman is the route to know Christ and God, I am more than happy to follow her.

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[1] For more information about Kardecian Spiritism, you can visit the following site: http://www.spiritist.com/archives/1862

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Recuerdos del Día de Reyes Magos

Me parece que en la adultez, todas las historias que contamos comienzan con las mismas palabras: “recuerdo cuando era pequeño…” Quizás es porque las memorias son lo único que nos quedan de días pasados; días que, si no mejores – porque ningún tiempo pasado fue mejor, sino que es mejor solo el recuerdo – por lo menos fueron suficientemente gratos para guardar en algún rincón de nuestras mentes.

Esta historia también comienza como las demás. Recuerdo cuando era pequeño la gran emoción que el Día de los Reyes Magos traía consigo. Recuerdo la noche anterior, cuando en aquella casita con los bloques de cemento expuestos, la que nunca se terminó de construir y quedaba en medio de los cafetales del barrio Guayabo Dulce de Adjuntas, mi hermana y yo salíamos a recoger la yerba pa’ los camellos. Recuerdo cuando pasábamos bastante tiempo buscando esa yerba, porque tenía que ser la mejor. Después de todo, los Reyes y sus camellos venían del Lejano Oriente. Me enteré, en alguna conversación con mi mamá, que “Lejano Oriente” era Arabia. Recuerdo también que no tenía idea de qué significaban esas cosas, pero el mismo nombre del lugar del cual venían los Reyes decía que era lejano, así que entendía que tanto camellos como reyes habrían de estar hambrientos cuando llegaran a tan remoto lugar de la Isla. Lo que no recuerdo es el por qué solo poníamos yerba pa’ los camellos pero nunca le dejamos nada a los reyes. “Son magos” imagino que diría mi mamá. Con magia no se necesita comer, me imagino.

Recuerdo que llegando noviembre ya buscábamos la mejor caja de zapatos para poner la yerba de los camellos. Recuerdo que siempre tenía que ser una caja de zapatos aunque no recuerdo el por qué. Como sabemos, los recuerdos son selectivos. Recordamos aquello que nos interesa recordar. Aun así, recordamos aquello que nos interesa de la manera que nos interesa.

Recuerdo que la noche anterior al Día de Reyes, dejábamos las cajitas de zapatos debajo de la cama que alguna vez fue cuna, pero ya no tenía las barras de los lados que me mantuvieron seguro cuando todavía la cama funcionaba como cuna. Teníamos la ilusión de que los Reyes trajeran algo; que dejaran sus preciados regalos debajo de la cama y que nos sorprendieran con aquello que habíamos pedido. Recuerdo que mis listas siempre incluían lo siguiente: libros, pintura, una enciclopedia, un microscopio, una colección de rocas, algún cuadro de un pintor puertorriqueño famoso (en aquellos tiempos todavía no era feminista y solo pedía cosas hechas por hombres. Fue hasta mucho después que descubrí que las mujeres también pintaban, también escribían, también volaban a la luna…)

Recuerdo también que el Día de Reyes me despertaba emocionado y al mirar debajo de la cama, siempre había algo. Recuerdo que nunca lo que hubo debajo de la cama era lo que pedía; nunca encontré un libro, un cuadro o un microscopio. Recuerdo que la ilusión no se detenía y a pesar de que lo que llegaba no era lo que pedía, me sentía especial porque los Reyes Magos no se olvidaron de mí y de mi hermana. ¡Siempre llegaba algo! Recuerdo que la mayoría de las veces, lo que nos llegaban eran simples regalos que habíamos visto en alguna vitrina de las tiendas de Yauco cuando visitábamos a madrina Carmita y a titi Betsy. ¿Cómo sabían los reyes comparar en esas tiendas? ¿Cómo nadie nunca los veía recorrer el Paseo del Café en el centro del pueblo? Nunca se me ocurrió preguntar; o quizás pregunté pero no recuerdo.

Recuerdo también que el Día de Reyes, luego de abrir nuestros regalos y de compartir la emoción, nos montábamos en cualquiera que fuera el carro que mi papá tenía esa semana y nos dirigíamos al barrio Guayo, a casa de mi abuelo Quino y mi abuela Margot. Allí, junto a mis primas y primos, esperábamos por la cabalgata de Reyes Magos que siempre pasaba por la casa. Era parte de su ruta hacia el parque en Castañer, donde el Hospital General recibiría a todo el niñerío de Castañer para repartir regalos y dulces y para que disfrutáramos de este día mágico. Recuerdo que cuando los Reyes cabalgaban frente a casa de abuela y abuelo, nos tiraban dulces desde sus caballos. ¡Qué emoción sentíamos! ¡Qué maravilla el ver los Reyes, los Tres Santos Reyes Melchor, Gaspar y Baltazar, pasar justo frente a casa de abuelo y abuela! La cabalgata seguía por la carretera paralela al río Guayo, la misma carretera que pasaba por el Hospital Viejo y que llegaba al puente Cifontes y cruzaba de Adjuntas a tierras de Lares. Recuerdo cómo en ocasiones seguíamos la cabalgata hasta el parque de béisbol en Castañer. En ese tiempo no había plaza pública en el poblado, solo unos inmensos árboles de maga entre la escuela elemental y las tiendas del otro lado.

Recuerdo cómo nos arremolinábamos para recoger nuestros regalos de Reyes Magos del camión que el Hospital rentaba para traerlos. No había una niña o un niño en Castañer que se quedara sin regalo. En un poblado tan pequeño, todo el mundo se conoce y Mingo Monroig, el administrador del hospital, conocía cada familia, cada niña, cada niño y adolescente de Castañer. Recuerdo que después que los regalos se repartían, empezaba la música y el jolgorio, porque las Navidades no han terminado todavía el 6 de enero. ¡Qué va! Las Navidades están en todo su esplendor todavía y después del Día de Reyes vienen las Octavitas y continúan las parrandas. Recuerdo cómo seguíamos jugando con nuestros juguetes por varios días. Recuerdo que la escuela no comenzaba sino hasta mediados de enero porque había que darle espacio al estudiantado a jugar con sus regalos de Reyes Magos.

Ahora, también recuerdo cuando todo comenzó a cambiar… Pero esos son recuerdos que prefiero no tener hoy. Hoy, seguiré recordando el Día de Reyes Magos con la ilusión del niño que fui y que todavía se emociona cada vez que viene el 6 de enero. Seguiré recordando los regalos y la yerba y los primos y la familia y la cabalgata y el parque lleno de bache donde celebrábamos. Seguiré recordando a Guayabo Dulce y a Guayo y a Castañer. Seguiré recordando los cafetales y el rio Guayo y el puente Cifontes y la casita sin terminar y la cuna convertida en cama. Seguiré recordando que el Día de Reyes es mi día favorito del año y el que más me gusta de las Navidades. Seguiré recordando que, aunque esté lejos y ya no tengo ni tiempo de celebrar este día, el Día de Reyes Magos me hace el boricua que soy.

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